A flote
Rechazada por unos e imprescindible para otros. Así es la ciudad en verano. Supongo que, como tantas otras cosas en la vida, la diferencia la marcan las obligaciones laborales y el poderío económico. El baile de adeptos entre un bando y otro varía cada año. Al final, todo es acostumbrase.
La primera vez nunca es fácil. Te sientes a contracorriente. Ves cómo, uno a uno, van cerrando los locales y bares del barrio; la memoria del teléfono se llena con un montón de fotografías que algún amigo o familiar hizo para compartir —o ponerte los dientes largos, esto varía según la persona— un momento vivido durante sus vacaciones, y recibes un montón de mensajes para agendar encuentros fugaces entre viaje y viaje. Pues nadie quiere aburrirse, nadie quiere bajarse de la rueda y dejar de disfrutar del verano. Eso sí, a la ciudad, lo mínimo. No vaya a ser que se ponga celosa la playa. Pura solidaridad: es impensable quitarle a la costa el protagonismo durante sus únicos tres meses de vida al año.
En verano, en la ciudad, cada uno sobrevive como puede. En mis ratos libres, yo me escondía del mundo en la azotea del edificio. Y, desde allí, sentado en una hamaca de los chinos —mucho más cómoda que cualquier silla de diseño donde me hubiera sentado nunca—, empezaba a veranear. Todos los días la rutina era la misma. Moviendo el pulgar disfrutaba de diferentes estampas y comidas, gustosamente compartidas por urbanitas exiliados. Podía imaginármelos, copa en mano, poniendo de vuelta y media a la ciudad, mientras maquinaban su próxima captura. Me encantaba. Disfrutaba mucho con el espectáculo. No dejaba de ser una competición encubierta —bien camuflada con frases célebres y filtros favorecedores—, donde el cariño del público determinaba quién se lo había montado mejor ese año.
Aquella tarde en la azotea, después de tres piscinas, algunos atardeceres —unos mejor fotografiados que otros, para todo hay clases— y varios intentos de paella, me retiré. Volví a mi refugio dispuesto a terminar de leer una novela que tenía atascada desde hacía semanas. Empezaba a dudar de quién era la culpa. Podía ser mía, y debida a mi falta de concentración; aunque también tenía la teoría de que al autor se le había escapado la historia y nos encontrábamos los dos buscando cómo llegar al final. Entonces, me llegó un mensaje de Felipe: «Tío, estoy segurísimo. No me tomé cuatro tintos ni de coña».
Mi amigo Felipe era un enamorado de la ciudad. Presumía siempre con orgullo de sus profundas raíces y distinguido linaje. Pero en verano, no la veía con buenos ojos. La evitaba todo lo posible y solo volvía a casa entre viaje y viaje, cuando tocaba cambiar maletas y era imprescindible volver al punto de partida para huir de nuevo. Cada vez que volvía a repostar, contactaba conmigo. Le bastaban un par de mensajes para echarme el anzuelo, llevarme a su terreno y satisfacer sus deseos. No pedía mucho. Simplemente, tomar algo para matar el aburrimiento.

Y así, a veces como favor, otras por necesidad, acababa viéndome con él. Nunca le fallaba. Él conocía mi realidad y era difícil darle largas. Además, con el tiempo, me acostumbré a sentirme como un naúfrago necesitado de vivencias ajenas para salir a flote. A la hora de vernos, Felipe solo ponía una exigencia: «piensa un sitio barato; no quiero dejarme las pelas aquí. Queda mucho verano». Era su manera de marcar distancias. Antes de que hubiese alguna duda, me comentaba sus términos, por si me daba por ir de moderno o derrochador, qué sé yo. Eso sí, siempre dejaba bien claro que él no iba a gastar —y, menos aún, en agosto, conmigo, y en la ciudad—. Una decisión muy respetable.
Fiel a sus indicaciones, lo llevé a uno de los bares más manidos del barrio. Las consumiciones eran baratas y cenabas tantas veces como rondas pidieses. Para mí, una maravilla. Era el tipo de local que, durante el año, a Felipe le parecería cutre, poco para él. Sin embargo, cuando le propuse sitio —consciente de que lo buscaría en internet antes de dar su aprobación—, le pareció estupendo. La magia del verano.
Lo esperé durante más de media hora. Al llegar, se disculpó, echando la culpa de su retraso a las maletas. «Qué follón, tío. Se me ha echado la hora encima. Claro, es que ahora como me voy al norte… cambio radical respecto a la isla». Desconecté de sus excusas y continué bebiendo la cerveza que tenía a medias. De repente, se hizo el silencio y fue entonces cuando se dirigió al camarero para pedir un tinto de verano. «No sé cómo puedes beber eso calentorro, con la que está cayendo…», dijo, mirándome con lástima. Me limité a encogerme de hombros, le di un último trago a la copa, levanté el brazo y grité al camarero: «¡Y otro doble para mí, por fa!».
Llevaba unas cuantas cervezas cuando Felipe, al quedarse sin historias que contar —donde, obviamente, él era el protagonista—, agobiado, miró el reloj. «Se va haciendo tarde, me voy a tener que ir. Mi avión sale pronto mañana». Sin pensar si quiera si querría seguir la velada en solitario, buscó al camarero con la mirada y le hizo un gesto con la mano para indicarle que queríamos la cuenta. Busqué en la mesa las bolitas de papel. Las hacía con trozos de servilleta para seguir el ritmo de las cervezas pedidas —cada uno tiene sus manías—, y así evitar malos rollos a la hora de pagar. Bajo una pila de platos de aperitivo vacíos, encontré la última. Entre todas sumaban un total de cinco.
Cuando el camarero trajo la cuenta, Felipe se la quitó de las manos y empezó a revisar. Algo no le cuadraba. Se le notaba en la cara. «Tío, esto está mal… yo no me he tomado cuatro tintos». Yo estaba seguro de que habíamos pedido las rondas a la vez y, salvo mi cerveza durante la espera, el número de consumiciones era el mismo. Terminamos cinco contra cuatro. No tenía ninguna duda. Entonces, Felipe colapsó. «Que no, me he tomado tres, vamos, segurísimo». Le intenté hacer entrar en razón, pero ni por esas.
Cuando hizo amago de llamar al camarero para comentarle el error, le dije que no se preocupase, que yo pagaba la diferencia. «A ver, no es por el dinero…», empezó a decir, —como si no nos conociésemos— «pero me da rabia que nos cobren de más». Volvió a mirar el reloj y, con mala cara, dijo: «¿Pagas tú y luego te lo paso». «Sin problema», respondí. Me dio un abrazo y se fue a toda prisa a continuar con sus vacaciones.
«Qué manera tan cutre de terminar un encuentro entre colegas…», pensé. Apareció el camarero y empezó a recoger la mesa. «Perdone, ¿me puede traer el datáfono para pagar? —el hombre se dio la vuelta y, antes de perderle de vista, aproveché para hacer otra petición—: ¿Podría revisar que esté bien esto? Creo que hay un tinto de más…».
Tras recordar la escena, me acomodé en la hamaca y leí de nuevo el mensaje de Felipe. Hice el amago de responder un par de veces. Pero, al final, decidí no hacerlo. No era el momento. Me apetecía dejarlo en vilo; de vacaciones, pero con un pie en la ciudad.
Felipe tenía razón: se había tomado solo tres tintos de verano. El camarero reconoció su equivocación y, para evitar rehacer cuentas y ahorrarle gestiones varias en el ordenador, decidí compensar el error pidiendo una cerveza más.
A la vuelta, si se animaba a pagar su parte, ya le contaría la verdad. Le daría la razón y él sonreiría victorioso, entonces le contaría lo bien que me había sentado tomarme ese último doble solo. Y, en ese momento, él pondría esa cara suya, intentando hacerse el guapo, sosteniendo su dignidad entre los dientes, y haciendo todo lo posible por ocultar su ofensa.
Mientras tanto, él a sus vacaciones y yo a mi azotea. Al final, estemos donde estemos, todos necesitamos nuestro momento de esparcimiento. Y, no lo voy a negar, me apetecía darme el gustazo. Porque en verano, cada uno se mantiene a flote como puede.
