Blumondi
Estar pronto en la oficina, siempre tiene su recompensa. Y, este lunes, por mucho que llueva, no va a ser diferente. Estoy segura. Cuando llego, no hay nadie. No me importa. Me encanta tener ese ratito para mí, para mis cosas. Durante diez minutos, disfruto del olor a limpio mientras paseo por los diferentes despachos. Compruebo que todo está en orden y enciendo las calefacciones —algo imprescindible en un lugar tan frío—. La oficina donde trabajo es preciosa, muy moderna. Lo único que echo de menos es alguna planta, de las de verdad, con vida propia.
No me importa reconocerlo, actualmente, no estoy haciendo lo que quiero. Nunca soñé con ser recepcionista en una asesoría fiscal con nombre rimbombante. Yo lo que quiero es trabajar en un vivero. Mejor dicho, tener mi propio vivero, «El jardín de Pili» se va a llamar. Algún día voy a conseguirlo. Estoy segura. Porque yo siempre he sido muy así, de intentarlo. Y, oye, si luego no se puede, pues no se puede. Pero, al menos, peleé por ello. Además, tengo mis ahorrillos y tampoco necesito tanto para montar mi propio vivero. Así que, poco a poco, voy trabajando en ello. No quiero que nada me pille de improviso, mejor ir teniéndolo pensado. Ya tengo los diseños y todo. Va a ser un espacio coqueto, recogidito, con mucha personalidad y donde todo el mundo se sienta como en casa. Ahora solo me falta juntar un poco más de dinero y ponerme manos a la obra. Mientras tanto, a seguir de recepcionista.

No tengo queja ninguna de mi trabajo. Disfruto todos y cada uno de los días que estoy aquí. Todos son majísimos conmigo y no dejo de aprender. Está siendo una experiencia muy enriquecedora. Aunque con Gloria, a veces, la cosa se complica. Es la asistente del director y trabajamos juntas en recepción. Ella siempre dice que soy su compañera. Pero vamos, nada que ver. ¡Con lo que sabe esta mujer! Como mucho seré su ayudanta, o algo así. Lo único malo de Gloria es su carácter. Mira que es amplio el mostrador, pero a veces se me queda corto para esconderme de su mal genio —yo la entiendo, ¿eh? No para quieta entre la oficina, los niños, llevar la casa… —. A pesar de todo, yo creo que hacemos buen equipo. Con nosotras al frente, no hay deseo, petición o ruego que se quede sin atender.
Al terminar de aclimatar el piso, voy a mi asiento, en la recepción, para tomarme el zumo. Siempre lo traigo de casa. En la máquina de la oficina está todo carísimo y me sale mucho más barato el pack de tres del súper. Vitaminas con sabor a naranja, ¿hay algo mejor para empezar el día con energía? Enciendo el ordenador y, mientras cumplo con mi ritual, sorbito a sorbito, un anuncio del envase llama mi atención: «Introduce tu código en nuestra web y gana miles de premios». Siguiendo las indicaciones, entro en la página desde mi móvil. Introduzco el número y, un par de segundos más tarde, descubro que he ganado dos entradas de cine. ¡Vaya regalazo! Con los precios que tiene hoy en día, es un pedazo de premio.
Aún estoy celebrando mi buena suerte cuando llega Gloria. Sale del ascensor con las gafas llenas de lluvia, la cara colorada, el abrigo sobre los hombros y anunciando su llegada a golpe de tacón.
—¡Buenos días, Gloria!
—Eso lo dirás tú —responde antes de tirar el bolso de mala gana en el mostrador.
—¿Qué te pasa?
—Odio los lunes. Pareces nueva. —Cuelga su abrigo en el respaldo y se deja caer sobre la silla. Se avecina tormenta. Lo presiento—. ¿Tú te crees? me viene hoy mi mayor y me dice que no quiere ir al instituto, que está triste. Por el Blumondi…
—¿Blu-qué?
—Blumondi, Pilar, Blumondi: «El día más triste del año». O ese rollo me ha contado. ¡Vete tú a saber! Cada día me sale con una cosa nueva.
—Madre mía, ya no saben que inventar, ¿eh? ¡Hay días para todo! —Gloria ignora mi comentario y se agacha para encender el ordenador—. ¿Crees que se hará algo especial hoy? O sea, ¿habrá alguna concentración de gente triste o se celebra de alguna manera?
—Mira, Pilar —contesta, afilando la mirada tras las gafas—: Ni lo sé, ni me importa.
Me centro en mis tareas y luego, tras darle un par de vueltas a lo del Blumondi, vuelvo a la carga. Me da igual que vierta todo su veneno sobre mí. Soy impermeable a toda su negatividad. Y, por mucho que se empeñe, no voy a dejar de ser agradable con ella e intentar hacer piña.
—Las cosas de la gente, ¿eh? La Hora del Planeta, el único momento que se controlan con la luz; el día de la madre, todos a comprar regalos para demostrar su amor; el día de los enamorados, más de lo mismo, y el Blumondi, ¿qué? —Gloria parece ignorarme mientras hojea su agenda— ¿Todos a llorar como locos? Este calendario no nos deja ni respirar… ¡qué agobio!
—Cállate un poco, bonita —me pide antes de chuparse el dedo y continuar pasando páginas de su agenda—. Que tengo muchas cosas que hacer.
—¿Te echo una mano con algo?
—No. —¿Por qué me pondrá tan difícil todo siempre esta mujer? Aún así, yo no me doy por vencida.
—Venga, no seas tonta. Ya verás como juntas lo terminamos todo en un pispás.
—Hoy tengo que reorganizar la agenda de Don Gregorio. Que no le cuadran bien las cosas, dice… Así que me toca hacer encaje de bolillos para mover reuniones y eventos. Seguro que todo es para escaparse con la amiga.
—No te preocupes, yo te ayudo. —añado, haciendo caso omiso de su último comentario.
No me deja ayudarla. Así que continuamos trabajando en paralelo durante horas. Llamadas, correos y organización de citas son nuestras principales tareas tras el mostrador. De vez en cuando, alguien se digna a acercarse hasta nosotras para pedirnos algo. Pero las visitas no suelen durar demasiado. El tiempo que nos dedican es tan escaso como la educación que suelen tener a la hora de decir las cosas. Aún así, les sonrío, a todos y cada uno de ellos, como si fueran los más agradables del mundo. Parece que eso les da rabia. No entiendo muy bien por qué.
Antes de dejar caer el boli y con la intención de mejorar un poco el día de mi compañera, le comento el tema de las entradas:
—¿Te animas a venir al cine hoy?
—¿Quién va al cine un lunes?
—Pues… yo.
—Todo el mundo va los miércoles, es más barato.
—No sé, a mí me apetece hoy. Además tengo entradas gratis, me han tocado con el zumo. ¿Seguro que no te quieres venir? Me sobra una.
—No. Además, con la que está cayendo solo pienso en encerrarme en casa y tirarme en el sofá. ¿No era Blumondi? Pues ale, yo sí que lo voy a celebrar. ¡Ni pisar la cocina pienso!
—Qué cosas tienes, Gloria… —Guardo mis cosas en el cajón, apago el ordenador y me abrigo—. Bueno, yo me voy ya… —anuncio. Me gusta ir con tiempo. Quiero ver qué pelis echan, comprar palomitas y todo eso—. Disfruta de tu Blumondi.
Después, voy hacia el ascensor. Cuando me encuentro frente a él, pulso el botón. Mientras espero a que llegue, me giro y observo a Gloria. Sigue trabajando tras el mostrador, moviendo papeles de un lado a otro, sin perder de vista la pantalla de su ordenador. Pobre mujer. La tienen frita. Si se dejase ayudar un poco más… Pero bueno, yo lo he intentado. Lo del cine le hubiera venido genial, estoy segura. Y yo, encantada de que me hiciese compañía. Pero si no quiere ir, tampoco le puedo obligar. Total, es Blumondi y cada uno lo celebra como quiere.

Me encanta y me he imaginado tal a Pilar toda optimista!!
Gracias, Lola! Me alegro de que te haya gustado 😉