Relatos

De vuelta

Yoyo La pecera del pulpo

Con la edad, los grupos de amigos sobreviven como pueden. Las conversaciones privadas y los encuentros improvisados ayudan. Lo demás es más parecido a una papelera de reciclaje, llena de consejos típicos, planes sosos y contenido insípido.

El final del verano solía coincidir con la programación de una cita para ponerse al día. En esas reuniones, similares a una partida de parchís donde cada participante mostraba su color en la camisa —con un jersey anudado sobre ella, que ya empezaba a refrescar por las noches—, los reclamos de atención de unos competían con el protagonismo desmesurado de otros. Ante cualquier reserva, refugiarse en el teléfono era la mejor opción. La clave parecía ser poner sobre la mesa temas jugosos, comer y no ser comido. Por supuesto, era fundamental moverse con gracia a la hora de poner de vuelta y media a la víctima escogida. Para esto último, nadie se complicaba demasiado; con tirar de clásicos era suficiente: aspecto físico y comportamientos fuera de la norma. Eso nunca fallaba y, tristemente, así era la dinámica. A menudo me planteaba si esta perversa manera de relacionarnos era algo intrínseco a la edad o, simplemente, el precio a pagar por ser pioneros en experimentar la pubertad con un teléfono móvil en el bolsillo.

En mi caso, al empezar el mes de septiembre, las conversaciones de grupo se llenaban de propuestas, bien intencionadas, para vernos las caras y poner en marcha la rueda del comienzo de curso. Ya estábamos todos de vuelta. Mismas ganas, mejores intenciones y todos listos para mostrar la mejor versión de nosotros mismos. El verano se acababa, pero empezaba la temporada en la ciudad. Y, antes de que el otoño nos absorbiese con los planes de futuro, los marrones del trabajo y las fiestas programadas, se propuso el reencuentro anual de los compañeros de clase. Esa necesidad de verse existe y, no pocas veces, se torna en obligación. En ese momento, te planteas todas las opciones posibles: confirmar tu asistencia y, a última hora, justificarte con cualquier excusa estúpida; tantear el plan y participantes antes de responder, o la más radical de todas, no molestarte en contestar.

Tardamos más de dos semanas en concretar fecha. Otra más en elegir sitio. No lo entendía muy bien. ¿Acaso alguien creía que iba a ser diferente a años anteriores? Cansado del debate, silencié el grupo a la espera de reducir el ratio de mensajes por hora. Cuando llegase el momento, conocería el resultado. Entonces, unido a la masa, me dejaría llevar por la única propuesta que no hubiese sido discutida por nadie —o, en su defecto, la más aceptada—. Así fue como la reunión acabó organizándose en la misma zona de siempre, en uno de los bares de siempre, congregándonos a los mismos de siempre. Pura innovación.

El día escogido fue un sábado. Después de comer, desistí en el intento de ordenar armarios y sucumbir a los rituales de vuelta a la rutina. No me iba a engañar. En dos días, todo volvería al desorden habitual. Igual la siesta tampoco no fue una gran idea —no me sentó demasiado bien—, pero no pude evitarla. Me metí en la ducha, con la cara bien marcada por la almohada, y la boca seca de tanto salivar. Una vez espabilado, me probé cinco camisas antes de decantarme por un polo. ¿A quién iba a engañar? Mejor aceptarlo: aquellas camisas no me hacían ningún favor. Tras buscar a mi yo universitario en el espejo mientras me cepillaba los dientes, me olí el cuello del polo para confirmar que, efectivamente, me había pasado con la colonia. Entonces escupí sobre el lavabo y miré el reloj del teléfono. Iba un poco justo. Antes de empezar la partida, había quedado con Yoyo. Y tenía que darme prisa si no quería llegar tarde.

Yoyo y yo nos conocíamos desde el colegio. Volvíamos siempre juntos a casa y, si no había mucho que estudiar, solía subir a casa a jugar un par de partidas a la consola de turno. A mi madre le encantaba lo espontánea y auténtica que era. A mí, en la intimidad, también. Aunque luego, en clase, todo era diferente. Reconozco que hubiera negado rotundamente ser amigo de Yoli Panoli si se destapaba nuestra amistad secreta. Así era de valiente.

Ni siquiera cuando le empezaron a llamar la Bragas fui capaz de salir en su defensa. Todo fue culpa de un mal entendido en los vestuarios de chicas, pero el estigma la condenó durante los últimos tres años de colegio. Si Yoli Panoli ya era cruel, no sé cómo aguantó oír que todo el curso se refería a ella como la Bragas. Nunca sacaba el tema cuando estábamos solos. Supongo que, al salir del colegio, para sobrevivir, necesitaba alejarse de ese personaje impuesto, creado a sus espaldas.

Años más tarde, en un encuentro de vuelta del verano, me enteré de que la gran promotora de la humillación, tras intentar vivir del cuento de todas las maneras posibles, no consiguió escapar de su destino: trabajar vendiendo ropa interior en una corsetería de barrio fundada por sus abuelos. Mientras tanto, Yolanda había comenzado una nueva vida, presentándose al mundo como Yoyo y cediendo, gustosamente, el título de la Bragas a su peor enemiga. Ironías de la vida.

Durante la universidad, nuestra amistad fue muy inestable. Iba y venía. Pero, desde hacía meses, habíamos conectado de nuevo y hablábamos con frecuencia. Todo fue gracias a un programa de televisión. No recuerdo muy bien cómo sucedió pero, durante semanas, nos citábamos para comentar las desventuras de unos anónimos personajes que competían por hacerse un hueco en el mundo de los videojuegos —y en las redes sociales de los espectadores—, mientras nos poníamos al día y hablábamos de nuestras cosas. Sin ninguna duda, nuestras charlas fueron lo mejor del programa.

Coincidiendo con el final del verano, Yoyo y yo cuadramos un día para vernos en persona. Me apetecía mucho, la verdad. Sin embargo, su agenda parecía algo apretada, y me propuso quedar el mismo día que tenía la cena con los de clase. No me gustaba andar encajando planes por cumplir. Yo era más de entregarme por completo, sin prisas ni obligaciones, y vaciar con gusto la cartera. Lo más lógico hubiera sido posponerlo. Pero con ella nunca se sabía y no iba a perder mi oportunidad. Además, así podría ir calentando, cerveza a cerveza, para llegar más animado —por no decir deslenguado— al reencuentro de vuelta del verano.

Fui corriendo hasta el bar donde me había citado con Yoyo. Llegué con el polo empapado pero, al menos, puntual. Ella esperaba sentada en una de las mesas de la terraza. Al verme, me guiñó un ojo, sosteniendo la lengua entre los dientes. Nunca habíamos sido muy de besos, y no íbamos a cambiar a estas alturas.

Estuvimos hablando unos minutos antes de tomar nada. Yo estaba seco y, al ver que nadie salía a atendernos, decidí entrar al bar a pedir.

—¿Té con hielo? —le pregunté. Recordaba como, en nuestro último encuentro, hacía más de dos años, no paró de beber té con hielo durante las más de tres horas que estuvimos juntos. «Ahora solo bebo esto», repitió con gracia aquel día cada vez que pedía otro té al camarero.

—Whisky. El más barato que tengan, con un par de hielos. —Siempre había sido de extremos. O aguantaba horas y horas tomando tés con hielo o se pedía un copazo. No había cambiado.

Cuando salí con las bebidas, Yoyo le dio un largo trago a su copa y después metió la mano en su bolso, sacó un bocata envuelto en papel de aluminio, lo mordisqueó con prisa y volvó a guardarlo de nuevo.

—¿Qué haces, Yoyo?

—Picar algo. Estoy a dieta y no pienso pedir nada. Ese gasto registrado en la cuenta me haría sentir mal todo el mes. Paso. Además, o bebida o comida. No estoy yo muy gastona… Y hoy no tenía nada que echar a la petaca. Se fundió todo ayer mi compi de piso. —No entendía nada y mi cara debió delatarme. Entonces Yoyo levantó el bolso del suelo y me enseñó su interior. Dentro, una bolsa de patatas fritas arrugada y el bocata mordisqueado.— Así que toca llevar la merendola encima. ¡Qué le vamos a hacer! —No pude evitar reírme a carcajadas. Seguía siendo tan auténtica como siempre. Me encantaba.

Después de un par de cervezas, decidí que llegar tarde a mi cita con los de clase no sería tan grave. A la cuarta me planteé ir directamente a las copas. Y a la quinta, no aparecer. Estaba a gusto con Yoyo. Me había olvidado de lo mucho que disfrutaba con ella. Desde pequeños, era experta en hacer volar mi mente. Gracias a ella, sus locuras e historias, durante un rato, me imaginé capaz de todo y sosteniendo, bien fuerte, el timón de mi vida.

—¿Sabes? Creo que voy a escaquearme de la cena. — Sabía que iba a pasar allí, pero con Yoyo, no. Cualquier cosa sería posible, y viviría una noche diferente. Estaba seguro.

—¿Por qué? —No parecía muy emocionada con mi propuesta.

—No sé, me lo estoy pasando muy bien. Prefiero quedarme contigo, sin prisas. A ellos ya les veré otro día.

—Ya… El problema es que he quedado. Y a mí sí me apetece mi plan. —«En serio, ¿me está dando plantón la Bragas?», me pregunté a mí mismo ofendido.— Otro día, ¿vale? Si nos hubiésemos organizado mejor…

—No te preocupes. Lo entiendo.

—Y no seas tonto, ve con ellos. Échate unas risas —dijo, tocándome el brazo—. Coméntales que has estado con la Bragas, seguro que les hace gracia y les das comba para rato…— No había rencor en sus palabras. Simplemente, le dábamos pena, podía intuirlo. Ahora, ella estaba por encima, y lo sabía. ¿Quién era yo para juzgarla? Sus idas y venidas quizás me venían grandes. Tampoco iba a dármelas de diestro cuando yo no sabía responder a la mayoría de preguntas que me planteaba la vida.

Perdida mi oportunidad, lo mejor era irme a casa. Por el camino, ni me molesté en escribir una excusa por el grupo para justificar mi ausencia. No me arrepentí de mi decisión. Los encuentros de vuelta cada vez tenían menos sentido para mí. Nos habíamos quedado estancados, era hora de asumirlo. El futuro de cada uno de nosotros albergaba pocas sorpresas —allá a quien le gustase, pero yo no iba a sentarme en una mesa a celebrarlo—, llevaba escrito demasiado tiempo. Ahora, el mundo era de la gente capaz reinventarse, de no acomodarse en el pasado. El mundo era de gente como Yoyo. Nosotros ya estábamos de vuelta. A ella aún le quedaba mucho por recorrer.

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