En las nubes
Al volver del colegio, Lucía se encerró en la habitación de invitados. Necesitaba conectarse, aislarse de aquel viejo piso gracias a alguno de los numerosos dispositivos electrónicos que manejaba con gran habilidad. Aquel cuarto, había visto pasar a todos sus primos. Era el lugar de acogida que, durante años, había liberado a varios progenitores de las obligaciones propias de la paternidad. Mientras tanto, su abuela, Leonor, permanecía en el salón. El inicio del nuevo curso conllevaba remendar los uniformes de su nieta del año anterior para ahorrar. O, quizás, para no gastar en aquello que sus padres no consideraban importante.
Cuando las agujas del reloj marcaron las seis, Leonor dejó de lado la falda que estaba cosiendo y se dirigió a la cocina. Decidió que aquel día tocaba merendar tostadas con aceite, jamón y un vaso de leche. No pensaba ceder. Se negaba a darle un bollo a su nieta a cambio de ver la cara de emoción que pondría al hurgar el interior del envoltorio en busca de un regalo. Cuando la merienda estuvo lista, llamó a su nieta. Lucía acudió enseguida. Cogió el plato con las tostadas, agarró con la mano que tenía libre el vaso de leche y volvió a la habitación. Aunque la madre de la niña justificaba esa clase de comportamientos —asegurando que todos los niños eran iguales—, su abuela no estaba de acuerdo con aquella actitud. Miró el cuadro de la luz ubicado al lado de la puerta de la cocina. Decidida, abrió la tapa y bajó los plomos. Después salió lo más rápido que sus inflamados tobillos le permitieron hasta llegar a su mecedora, donde se sentó a continuar con la costura.
—¡Lita! ¡Se ha ido la luz otra vez!
Lucía salió de la habitación y caminó con decisión hasta el salón.
—Lita, ¿me has oído? Se ha ido la luz otra vez…y no puedo usar el ordenador.
—Hija, ya sabes que últimamente falla mucho.
—¡Qué pesadilla! ¿Cómo termino ahora yo mis deberes?
—¿Por qué no te sientas aquí conmigo y meriendas tranquila?
—Tú no lo entiendes. Tengo que estudiar si quiero que mamá me deje ser youtuber…
—Solo un ratito. Ya verás, luego cogerás el estudio con mucha más energía. Además, seguro que la luz vuelve pronto.
—Vaaale.
Lucía fue a la habitación a buscar la merienda. Después, volvió al salón y se dejó caer sobre el mullido puf ubicado frente a la mecedora. Comenzó a comerse las tostadas. No había terminado cuando decidió romper con la inspiradora tranquilidad de la sala:
—¿Hacemos algo, abuela? Me aburro.
—¿Qué quieres hacer?
—No sé. Jugar a algo, o cuéntame alguna historia.
—Me parece bien lo de la historia.
—Pero nada de cuentos, ¿eh? Que ya tengo casi diez años…
—Te voy a contar una historia que solo es apta para mayores de doce. No le digas nada a tu madre, ¿prometido?
—Sí —respondió, emocionada.
—Allá vamos.
Leonor miró por la ventana. Volvió la vista a su nieta y comenzó la narración:
«Érase una vez una niña llamada Aura. Se había criado en una austera fortaleza muy lejos de su país. Allí, sabias mujeres ciegas educaban a niñas pertenecientes a selectas familias. A pesar del gran número de compañeras que tenía, Aura no llegó nunca a entablar una relación de amistad con ninguna de ellas. Debido a esto, buscó el modo de ser autosuficiente a la hora de divertirse tras los muros de aquel frío lugar. Coser era su pasatiempo favorito. Permanecía durante horas escondida en recovecos mientras confeccionaba fantasiosas figuras con los patrones que hacía con servilletas robadas del comedor. Las piezas eran de lo más variado: flores, animales, vestidos… Mientras cosía, fantaseaba sobre cómo sería su futuro. Se imaginaba viajando por distintos lugares, y conociendo a un gran número de personajes de las más exóticas culturas.

Un día, mientras permanecía sentada de rodillas junto a una de las ventanas de la azotea, el viento abrió una de las hojas con decisión. Aura no desconectó de su labor hasta que el vello de sus brazos desnudos se percató del frío. Cuando se levantó a cerrar la ventana, se dio cuenta de que una pequeña y esponjosa nube se había colado en la habitación. Con cuidado, se acercó a la etérea masa con intención de cogerla, pues ¿quién no había soñado alguna vez con tocar las nubes? Para su sorpresa, al sostenerla entre las manos, pudo sentir un agradable tacto. Era incomparable con ninguna otra experiencia previa. Entonces, una idea fugaz cruzó su mente. Se sentó de nuevo en la esquina bajo la ventana con cuidado de no dejar escapar la nube. Cogió las tijeras, perdidas entre todos los materiales robados que usaba para coser, y comenzó a recortar la nube. No estaba segura de si funcionaría el plan, pero no por ello iba a dejar de intentarlo. Se sorprendió al ver como la nube se iba dejando hacer. Cada corte iba moldeándola; dotándola de la forma deseada por Aura. Cuando el diseño estuvo listo, soltó la nube. Esta ascendió lentamente en la habitación antes de rebotar con el techo. Aura estalló en carcajadas. No podía creerlo. Había confeccionado un conejo a partir de una nube.
Aquella fue la primera vez que Aura dio forma a una nube. Pero no la última. Con el paso del tiempo, cogió mucha experiencia a la hora de hacer formas. Al principio, tan solo trabajaba con nubes pequeñas. Más tarde, fue perfeccionando su técnica. Elaboraba diversos patrones que iba cosiendo entre ellos para confeccionar diseños más elaboradas y complejos: un barco de vela, un dragón…Todo era posible cuando tenía tiempo y el único limite era su imaginación. Sus compañeras, que tenían la costumbre de pasar las tardes de primavera tumbadas en los verdes terrenos de la fortaleza, jugaban a menudo a adivinar cada una de las formas que bailaban en el cielo.
Pero la vida de Aura cambió repentinamente. La llegada de la guerra, la arrastró lejos de la fortaleza donde había forjado sus primeros sueños de juventud. El conflicto se había gestado durante mucho tiempo. Tras las grandes inundaciones revolucionarias que revitalizaron el país, el calor incesante del sol azotó las tierras que vieron nacer a Aura. Las facciones terrestres apoyaron la conquista del astro y se levantaron contra los batallones hidráulicos que habían trabajado por reformar el paisaje. Para alejarse de las incesantes batallas, Aura y su familia, fieles partidarios de las fuerzas terrestres, se refugiaron en la isla de La Incertidumbre, un paraje tropical que transformaba en un mal sueño la realidad de su país natal.
Durante su estancia, mucho más larga de lo previsto en un primer momento, no vio ni una sola nube en el cielo. La paz llegó cuando las facciones terrestres tomaron el control del país, relegando a los húmedos batallones hidráulicos a batirse en retirada. La derrota, desembocó en la paulatina desaparición de las nubes. En cuestión de meses, ya no quedaba ninguna en el cielo.
Cuando volvió a su hogar, Aura ya era toda una mujer. Aunque no le interesaba demasiado, empezó a acudir a eventos sociales, como el resto de chicas de su edad. Aquella vida no le gustaba, pero era el mejor de los planes que le habían ofrecido al llegar a la mayoría de edad. La otra propuesta, perder los ojos a cambio de sabiduría ancestral. Esta cruel acción le permitiría ser mentora en alguna de las nuevas fortalezas restauradoras del conocimiento que habían surgido a lo largo y ancho de todo el territorio.
En aquellos encuentros, rodeada de espléndidas fuentes, numerosas jarras de agua de diseño y jugosos manjares, se recreaba un idílica fantasía muy alejada de la realidad diaria de la mayoría de los habitantes del país. Aura solía sentarse cerca de las amplios ventanales de las estancias donde los veteranos vencedores mercadeaban con su prole. Dejaba pasar el tiempo observando el cielo. Confiaba en que, si no apartaba la vista, en algún momento, vería una nube. Pero por más que se esmerase, nunca veía ninguna.
En una de las fiestas, conoció a un hombre unos años mayor que ella. Él se enamoró enseguida de la mirada perdida de Aura. Por su parte, ella, sin demasiado interés, se dejó hacer.
En uno de sus encuentros, aprovechando un momento a solas tras un banquete, el hombre se sinceró con ella:
—Intentémoslo juntos.
—¿Cómo?
—Ya me ha contado tu familia. Sé que tú no quieres esto. Que, si fuera por ti, te pasarías el resto de tus días mirando por la ventana… buscando nubes.
—No les hagas caso, les pierde la lengua.
—Me voy a esforzar por hacerte feliz. Trabajaré duro, compraré una casa donde podamos tener una gran cristalera frente a la que puedas sentarte a observar el cielo. Soy constructor, es una profesión muy demandada. La sequía nos está dando mucho trabajo.
—Y, ¿se puede saber qué construyes?
El pretendiente se acercó lentamente hasta su oído.
—Sueños —susurró. Y se apartó de nuevo respetando la distancia con la joven—. ¿Me guardarás el secreto? —Aura asintió, poniendo en duda la estabilidad mental de su acompañante—. Me gustaría pedirte algo. No dejes la vida pasar. Así es el mundo que nos rodea. —Dio un sorbo a su bebida. —Pero hagamos algo útil con él. Esperemos juntos a que vuelvan las nubes.
Tras varios meses conociendo al constructor, al final, aceptó casarse con él. Sin embargo, se negaba a deshacerse de su sueño tan fácilmente. La víspera de la boda, hizo una promesa: todos los días se pincharía con una aguja en el dedo índice para no olvidar que, si las nubes volvían, se dedicaría por completo a coserlas de nuevo…»
—¿Y volvieron las nubes? —interrumpió Lucía.
—No como ella esperaba. De otra forma.
—¿De qué forma?
—Diferentes. Pero fue muy feliz.
—Qué historia más rara, Lita. Voy a por las cartas.
Cuando su nieta se levantó del puf, Leonor se incorporó en la mecedora. Descubrió su mano izquierda, oculta bajo la falda que estaba cosiendo, y le dio un beso a una pequeña cicatriz que tenía en la punta de su dedo índice.
