Naufragio
El martilleo de sus excesos lo despertó. Todo estaba oscuro. Cristóbal se encontraba sentado, con las piernas flexionadas, en un espacio estrecho y desconocido para él. Sus ojos no percibían ni rastro de luz. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Nervioso, palpó sus bolsillos. El móvil y la cartera estaban a salvo pero el dispositivo, descargado por completo, no resultaría de gran ayuda. Se lamentó de no tener un mechero a mano. En realidad, aquella idea no tenía ningún sentido, pues no había fumado nunca.
Comenzó a golpear las paredes con la intención de escapar de allí. Tras intentar tumbar los muros que le rodeaban, se dio cuenta de algo: uno de ellos era diferente al resto; parecía de metal. Se puso de pie e inspeccionó con sus manos la estructura metálica hasta dar con un saliente. Se trataba de una puerta, el tirador que agarraba con una de sus manos lo confirmaba. Tiró de él con decisión. Después, se adentró en la sala a la que conducía la puerta.
Observó con atención el lugar. La habitación estaba tristemente iluminada, apenas contaba con la leve luz que atravesaba los ventanales ubicados a cada lado de una gran puerta de madera. En la sala, tan solo era capaz de intuir la posición de un par de columnas y lo que parecía una enorme repisa. Detrás de ella había una gigantesca estantería llena de todo tipo de botellas. El suelo, pegajoso, atrapaba cada una de sus pisadas. Sin embargo, aquellas sucias baldosas no eran capaces de frenarlo. Cada vez tenía la boca más seca. Notaba cómo su lengua le lijaba los labios al intentar hidratarlos. En ese momento, su prioridad era buscar algo para calmar la sed. No tardó en encontrar un botellín de cerveza abandonado sobre la repisa. Desesperado, agarró el vidrio y bebió con ansiedad el líquido que contenía.

Al terminar la bebida, depositó el tercio sobre la robusta madera y comenzó a deambular por la sala. Inspeccionó el lugar tratando de recordar cómo había llegado hasta allí. Distraído con su investigación, resbaló con un pequeño charco y cayó al suelo. Tras el tropiezo, intentó levantarse apoyándose en la columna. Antes de lograr su objetivo, la sala empezó a girar verticalmente. Las botellas de la estantería cayeron a toda velocidad. Cristóbal se agarró al pedregoso pilar para evitar golpearse. Los diferentes líquidos, liberados de sus recipientes, comenzaron a inundar el local. La marea que formaban la mezcla de todos ellos desprendía un olor asfixiante. Cuando la sala había completado un giro de ciento ochenta grados, dejó de moverse. Aún aferrado a la columna, Cristóbal luchó por cambiar la dirección de su cuerpo y ponerse boca arriba. Comenzó a notar el rápido ascenso del combinado que estaba inundando el local. Escaló torpemente hasta llegar al límite con el suelo. Era el lugar más seguro, donde podría aguantar más tiempo sin ahogarse.
Cuando la mezcla llegó hasta su cuello, decidió soltarse de la columna. Se sumergió bajo el líquido y buceó en dirección a los ventanales de los que procedía la luz. Al llegar a uno de ellos, comenzó a golpearlo con todas sus fuerzas. No parecía haber nadie al otro lado. Comenzó a faltarle el aire. Angustiado, continuó dando puñetazos.
De repente, a su lado, la gran puerta de madera cedió. Cristóbal salió disparado al exterior arrastrado por el torrente generado por la marea alcohólica comprimida en el lugar. Mientras tanto, la sala comenzó a girar de nuevo sobre sí misma, centrifugando todos los excesos acumulados. Unos segundos más tarde, la tóxica corriente se había dispersado en diferentes direcciones. Cristóbal, empapado, jadeaba tumbado en el suelo. Al incorporarse, observó detenidamente el lugar donde había estado atrapado. «Astrolabio Bar», leyó en el cartel que coronaba la puerta del local.
