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Los martes eran un día curioso. El fatigoso lunes por fin quedaba atrás, y era el momento de compartir las aventuras pasadas. La penosa caja del primer día de la semana se compensaba con la visita de jóvenes trabajadores con ganas de hacer más llevadera la rutina, caña tras caña; cariñosas parejas que habían colocado a sus hijos, o a sus respectivos, y grupos de amigas ansiosas por confesarse tras soltar su lengua con un par de copas de vino blanco. Mientras bebían y comían, compartían con un público infinito estéticas fotos donde marcaban la ubicación en la que se encontraban y comentaban lo mucho que se estaban divirtiendo. Eso era lo más importante. Había que dejarse ver, presumir de lo feliz que uno era y gustar, gustar mucho.
Entre todos ellos, sigiloso, como si de un mueble más se tratase, me encontraba yo. Como encargado del bar, cubriendo la ausencia de mi jefe, las tardes de los martes solían ser mi responsabilidad. Desde mi discreta posición tras la barra, podía controlar toda la sala además de satisfacer las comandas y necesidades del resto del equipo. En los ratos libres, aprovechaba para darle vida a las redes sociales del bar. Mi jefe estaba obsesionado con ellas. No seré yo quien se oponga a su uso pues, desde que abandoné mi casa en busca de una vida mejor, han sido la herramienta más útil para mantener el contacto con mi familia y amigos. Sin embargo, el objetivo de mi jefe era otro. Para él, eran la mejor manera de publicitarnos. Que había un evento especial en el bar, publicación. Que venía algún famoso, foto y mención. Y, todos los días, era fundamental compartir alguna frase o estado relacionado con los temas de moda. Al fin y al cabo, como decía él: «¿qué sería de los bares sin historias que contar?». Estoy de acuerdo, pero en mi opinión, las mejores siempre eran las que se vivían en primera persona entre las cuatro paredes de nuestro local. El resto, pura ficción.
De vuelta a los martes, decir que siempre contábamos con la visita de dos variopintos personajes. Nuestro bar era su punto de encuentro, y no me refiero simplemente al local. Parecía un ritual para sentirse menos solos y compartir con alguien un poco de realidad. Nunca les conocí en profundidad. Aunque, gracias a sus perfiles en redes sociales, sabía perfectamente quienes eran. De hecho, les seguíamos desde la cuenta del bar. En varias ocasiones, había respondido a sus historias e incluso compartido sus publicaciones. Así fue como me enteré de que aquellos encuentros recibían la etiqueta de «Martes de vino y filosofía». Desde luego, el vino nunca faltaba en su mesa, apenas terminaban sus copas, ya estaban pidiendo más. En cuanto a la filosofía, nunca tuve demasiado claro que fuera el tema de sus conversaciones.

Uno de ellos, el más mayor, era un viejo conocido de mis compañeros. Le apodaban El Maestro. Había trabajado durante un tiempo en nuestro local, aunque nunca coincidió conmigo. Después de varios meses defendiendo la barra, se ve que encontró algo mejor, de lo suyo, y abandonó las filas de la hostelería —sector tan odiado y a la vez tan recurrente en momentos de precariedad—; seguramente, con la promesa de un próspero trabajo donde su público fuera más agradecido y su espalda sufriese menos. Solía venir siempre con ropa de deporte, aspecto de haberse esforzado en esculpir su cuerpo y muchas ganas de presumir de ello. El otro, trabajaba en un establecimiento cercano a nuestro local. Su uniforme le delataba. Formaba parte del equipo de un restaurante de los de toda la vida, de mesa y mantel, cuyos principales ingresos procedían de los menús que ofrecían a mediodía. Solía referirme a él como El Confidente, por el interés que ponía a la hora de escuchar los dilemas de El Maestro. El Confidente siempre venía con el uniforme arrugado, el pelo sucio y la cara roja. Supongo que, tras una maratoniana jornada de trabajo, corriendo de un lado a otro de la sala, era lo mejor que podía ofrecer.
Nunca tuve demasiado claro el origen de aquella peculiar amistad. Se conocerían del barrio o, quizá, entablasen amistad cuando El Maestro trabajaba en el bar. En cualquier caso, ninguno tenía aspecto de filósofo y, menos aún, de entender de vinos. Más bien, parecían aquella clase de amigos que se reúnen en el bar para beber cerveza y hacerse compañía mientras se desviven por seguir algún partido de futbol de su equipo favorito. De esos cuya amistad, sin cerveza ni futbol, no encuentra ningún pilar solvente sobre el que sostenerse.
Normalmente, ocupaban una mesa alta de madera con dos taburetes ubicada entre la barra y el gran ventanal que nos introducía en la ciudad. El Confidente solía llegar primero. Sin molestar, saludaba discretamente y se acomodaba en su mesa. Después, pedía un tinto y lo compartía con sus pensamientos mientras observaba a la gente pasar al otro lado del cristal. Una copa más tarde, aparecía El Maestro. Siempre llegaba hablando por teléfono. Desde el exterior, informaba a El Confidente de su llegada y, sin prisa, terminaba su cigarro y disfrutaba de los últimos minutos de conversación antes de ocupar su lugar en la mesa. Después, entraba al local, saludaba animadamente al equipo y reclamaba su vino. Una vez sentado, sorbo a sorbo, iba maridando sus quejas. Parecía que el peso del mundo caía sobre sus hombros. Cuando no era una mujer que había decidido no responder a sus mensajes, el tema era el agobio que le producía la gente de su entorno o algún conflicto con sus compañeros de trabajo. La vida era injusta con él, o eso afirmaba a voz en grito. Por su parte, El Confidente escuchaba atento y daba su opinión sobre los temas a tratar. Cuando escupía todo el veneno que llevaba dentro, El Maestro solía integrar en la reunión a su teléfono y, si El Confidente hablaba sobre alguna de sus inquietudes o le daba algún consejo, se limitaba a asentir, sin apartar sus ojos de la pantalla. Mientras tanto, las copas se iban vaciando. Así eran sus reuniones, martes, tras martes.
Un día, El Confidente llegó antes de lo normal. Su mesa estaba ocupada por una pareja de jubilados que disfrutaban de unas cervezas sin alcohol y una tapa de bravas. Se sentó en uno de los taburetes de la barra. En cierto modo, me intimidó su cercanía. Me gustaba escucharles durante sus reuniones de los martes, pero desde una distancia prudencial. Tenerlos frente a mí, me resultaba incómodo. Así que, tras servirle un vino, decidí ubicarme en el otro extremo de la barra a realizar mis tareas.
El Confidente llevaba tres tintos cuando El Maestro apareció. Se sentó junto a él sin desconectar de su teléfono. Aquella noche, el partido de turno atrajo a nuestro bar más público del esperado. Durante hora y media, no paramos. Al acabar el fútbol, la cosa se relajó y, poco a poco, el bar se fue vaciando. Sin embargo, El Maestro y El Confidente seguían en su sitio, apoyados en la barra, bebiendo otra copa más. El Confidente parecía serio, más de lo habitual. Hablaba con El Maestro mientras este se desvivía por contestar los mensajes recibidos. Tras un largo monólogo, El Confidente puso sus problemas sobre la mesa.
—Paco va a cerrar el restaurante. Me quedo en la calle…
—Joder, que putada —respondió sin apartar la vista del móvil. El Confidente dirigió su mirada hacia el ventanal. Permaneció unos minutos en silencio. Deduje que estaba a la espera de que su compañero le prestase atención. Al ver que su huelga no surtía efecto, volvió a la carga.
—¿Me estás vacilando?
—No, ¿por?
—Es de coña que te estoy contando que me quedo en la calle y tu con el puto móvil sin hacerme caso.
—Te estoy escuchando, ¿eh? Es que estoy publicando una cosa.
—Lo que tú digas…
Otro silencio más. Esta vez, mucho más largo. La situación se estaba poniendo bastante incómoda. Yo continuaba secando copas a pocos centímetros de la pareja. Era incapaz de desconectar de su conversación. Les observaba de reojo a la espera de conocer la conclusión de aquella discusión.
—Ya está —anunció El Maestro, orgulloso de su trabajo— El Confidente, sin molestarse en contestar, dio un sorbo a su copa de vino—. Me pidieron que diese bombo a una historia por redes y había que moverlo rápido.
—Estás enganchado al puto móvil… —susurró El Confidente.
—¿Eh?
—Que no es normal que quedemos para hablar, te cuente que me quedo en la calle y tu mayor preocupación sea ¿publicar una mierda el primero?
—Era importante —añadió antes de volver a observar la pantalla de su teléfono. Fue incapaz de disimular la sonrisa de satisfacción que se dibujó en su rostro. Deduje que aquella publicación había tenido éxito.
—Me voy a ir, tío —anunció El Confidente, antes de dejar un par de billetes arrugados en la mesa.
—Espera, termínate la copa al menos.
—La verdad es que no me apetece. Estoy cansado.
—Pues ná… Cuídate, tío —Tras dejar el móvil sobre la mesa, El Maestro abrió sus brazos con la intención de darle un abrazo. El Confidente, ignorando la invitación, se despidió de su acompañante tocándole el hombro. Salió del local y caminó calle abajo, integrándose en la estampa que tan a menudo observaba.
El Maestro fijó su mirada en la copa a medias de su amigo. Le dio un par de vueltas y dejó que reposase. Después, comenzó a jugar con las dos, cambiándolas repetidas veces de posición. Las fotografió y, tras ello, centró de nuevos sus sentidos en la pantalla del teléfono. Yo continúe poniendo friegaplatos, secando vasos y atendiendo las peticiones del equipo. De vez en cuando, miraba hacia el ventanal. Estaba expectante. Aún quedaba una hora hasta el cierre. Todo era posible.
Unos minutos más tarde, mi teléfono me notificaba que había una nueva mención sobre el bar. La fotografía en cuestión, dos copas de vino, una a medias y otra casi vacía, con la etiqueta de «Martes de vino y filosofía». La imagen se completaba con una poética frase, seguramente copiada, ensalzando el valor de la amistad. Guardé el teléfono y observé a El Maestro. Estaba solo, en la barra, sin apartar la vista del móvil mientras daba un largo sorbo a su copa de vino.
—¡Niño! He subido una historia, compártemela —dijo, sin dignarse a mirarme siquiera.
—Un momento, Maestro.
Saqué mi teléfono. Entré en la cuenta del bar y busqué entre los seguidos el perfil de El Maestro. Una vez di con él, entre las múltiples opciones que me ofrecía la plataforma para interactuar, estaba seguro de cual elegir. Cuando pulsé el botón, me sentí más coherente que nunca. A partir de ese momento, al menos bajo mi mando, el bar no seguiría más a ese tipo de clientes.
