Antologías

Olivilla

Estaba tirado en el sofá, con la televisión puesta de fondo, haciendo tiempo hasta que refrescase un poco para dar un paseo, cuando recibí un mensaje de mi madre: «Por si alguna te interesa», había escrito tras compartir un pesado archivo.

Últimamente, me solía reenviar numerosos mensajes y correos en cadena con muchas publicaciones adjuntas. La gran mayoría eran revistas de cotilleos, decoración, estilo de vida, y cosas de esas. Ese tipo de publicaciones no me atraían demasiado, pero siempre agradecía el gesto dedicándole algún emoticono al que ella solía contestar con un guiño. Traficar con revistas, le hacía sentirse útil. No iba a ser yo quien la juzgase. Por lo menos mientras la cosa no fuera a mayores.

Pinché en el enlace. Nunca perdía la esperanza de recibir algo que fuera de mi interés, más allá de saber quién se acuesta con quién. ¿Era mucho pedir? Después de ojear varias portadas, de repente, una llamó mi atención. En ella, salía una mujer de unos treinta y pico años, en la puerta de una bonita casa de estilo andaluz. «Cada día disfruto más de mi nueva vida», confesaba la protagonista del reportaje. No estaba demasiado familiarizado con la revista pero la mujer de la portada y su mensaje me trajeron un bonito recuerdo. El recuerdo de mi última cerveza con Candela Olivares. Ese encuentro no fue cosa del azar. O eso me gusta pensar. Fue como si, de un modo u otro, el tiempo nos hubiera querido juntar de nuevo.

Era una tarde de mayo, yo ya estaba preparándome para perderme por las calles del barrio y airear mis ideas. Cinco minutos antes de salir de casa, recibí una llamada. Era Candela, —Olivilla, como yo la llamaba— una antigua vecina del edificio. Al descolgar, apenas pude saludar antes de que empezase a contarme sus aventuras de tienda en tienda, la cantidad de gente que había por todos lados y las ganas que tenía de tomarse algo conmigo. Después de su acelerado discurso, descubrí el por qué la llamada: estaba frente a la puerta de mi edificio.

De primeras, me hice el duro. No quería romper mi rutina del paseo. Hacía tiempo que había aprendido a hacer las cosas por y para mí; llegué a interiorizar tanto esta dinámica de vida que me costaba lanzarme a dar generosos síes cada vez que un plan imprevisto se cruzaba en mi camino. Pero todos estos argumentos no fueron suficientes. Tenía muchas ganas de volver a verla. Entonces, intenté llevármela a mi terreno y le propuse caminar juntos en lugar de tomarnos algo. Ella aceptó; eso sí, con la boca pequeña. Entonces colgamos. Antes de ponerme en marcha, comprobé que mi camiseta no oliese mal ni tuviese ningún manchurrón. Después, me calcé unas deportivas y salí de casa. En el último tramo de las escaleras, antes de pisar el portal, pude verla saludándome a través de la acristalada puerta, con una enorme sonrisa y moviendo los brazos como si fuera arrancarse a bailar.

Candela Olivares no era de la ciudad. Llegó aquí tras sellar bien su currículum, siguiendo el rastro de los suculentos bufetes de la ciudad que, en su gran mayoría, ofrecían trabajos con los que llenarse la boca y presumir durante una tarde de cañas. Lo primero que hizo Olivilla fue evitar venderse a cualquiera. Tenía claro qué esperaban de ella y, para eso, debía aumentar su valor. ¿Cómo? Pagando un caro máster que le permitiese asomar la patita en alguna ilustre firma. El resto sería echarle horas y asentir sin parar. Así algún día, a golpe de tacón y con un caro bolso colgando de su brazo, podría llegar a conquistar alguna de aquellas acristaladas oficinas. Pero mientras tanto, necesitaba vivir. Y, como no era muy de pedir en casa, buscó diferentes trabajos temporales para ganar un dinero extra para invertir en ropa de temporada, fotografiar comida en los restaurantes de moda y permitirse algún que otro festival donde soltarse la melena y dárselas de moderna. 

Nos conocimos cuando yo trabaja en un bar del barrio sirviendo copas para ganarme un sobresueldo. Me había cruzado varias veces con ella por la calle. Le sacaba una cabeza a la mayoría de chicas y no pasaba inadvertida cuando paseaba sus modelitos, contoneándose con gracia. Verla pasear era todo un espectáculo; parecía que una banda marcase el ritmo de sus amplias zancadas, tocando a ritmo de pasodoble. Aquel día, sin cortarse un pelo, en cuanto me vio tras la barra, dando la espalda a sus amigos, se dirigió a mí. «¡No me lo puedo creer! Tú vives en mi casa, ¿a que sí?», preguntó eufórica. Fui incapaz de contener la risa. Era muy espontánea y tenía mucha gracia al hablar. Antes de invitarle a una copa, confirmé sus sospechas.

A partir de ese día, compartimos muchas fiestas juntos. Pero también tardes de domingo y cafés tontos entre semana en su casa donde, más tranquilos, llenábamos ceniceros y conversábamos sobre nuestras inquietudes. Le gustaba picarme, darme cuerda y, por muy imposibles que pareciesen, apostar por las ideas locas que cruzaban mi mente. Durante esas tardes, sin importarle si daba la nota o no, le gustaba arrancarse a cantar. Si se venía muy arriba, incluso se ponía a bailar frente al espejo para acabar después tirada en el sofá, muerta de risa, pensando en la coreografía que se acababa de inventar. Cuando se relajaba, empezaba a observar a su alrededor, dándole vueltas a cómo redecorar su salón para darle un aspecto más distinguido. Para mí, esa era la auténtica Candela Olivares, la chica que, alejada de modas y redes sociales, sacaba todo lo que llevaba dentro. Al terminar el máster, trabajo y pareja llamaron a su puerta. Y, meses más tarde, le eché una mano a la hora de empaquetar recuerdos y poner rumbo a su nueva y soñada vida lejos del edificio.

En cuanto empezamos a andar, supe que no íbamos a hacerlo durante mucho tiempo. En seguida, empezó a inspeccionar las terrazas del barrio en busca de un sitio donde sentarnos. Pero todo estaba lleno. En ese momento, no pude evitar reírme antes de recordarle el plan. «Qué más da, ¿no íbamos a andar?». Resignada, aceptó deambular conmigo por las calles de su antiguo barrio. De repente, se le ocurrió una terraza donde quizá hubiese sitio y, tan decidida como se dirigía siempre a sus objetivos, me arrastró a comprobarlo. Al llegar, nos encontramos que El Chófer, estaba cerrado. No sabíamos si era algo casual. Ninguno de los dos habíamos pisado el local en una temporada. Tras el último intento y, antes de continuar perdiendo el tiempo, fue tan práctica como había sido siempre. «Pues nos compramos algo; nos lo tomamos por ahí y ya está», me dijo. Así, nos alejamos de El Chófer en busca de alguna tienda de alimentación donde comprar dos latas frías de cerveza. Le dije que no había cogido monedas, que tenía en mente pasear e iba sin un duro. «Yo tengo, no te preocupes», contestó. «Vamos, tarjeta; pero los chinos son muy modernos».

Después de hacernos con las cervezas, buscamos un sitio cómodo donde sentarnos. A falta de bancos libres, acabamos sentándonos junto a El Chófer, en los escalenos que conducían a un callejón donde la chavalería estaba reunida, jugando a aparentar. Al principio, estuve un poco inquieto. Me preocupaba que la policía nos pillase bebiendo en la calle a plena luz del día, ya no éramos unos críos. Pero a Candela eso no le importó en ningún momento. En cuanto llegamos a las escaleras, se sentó con toda la elegancia del mundo, posó su bolso en uno de los escalones, abrió una de las latas de cerveza y empezó a beber. «No seas paranoico. Relájate, anda», se quejó. «Siéntate y disfruta que no nos van a decir nada». Antes de seguir su consejo, eché de nuevo un vistazo a ambos lados de la calle y, al no ver rastro alguno de la autoridad, me senté en uno de los peldaños junto a ella.

No tardó mucho en sacar a relucir todas sus dudas y decirme que no estaba muy contenta con su trabajo, que no se veía en un despacho toda la vida. «No me veo con fuerzas para cambiar mi vida», reconoció. Me quedé impactado. ¿Dónde estaba mi Olivilla? A ojos de la mayoría, lo tenía todo: un buen empleo, un sueldo decente, un coqueto piso donde vivía con su novio… Pero, ¿era esa manida fórmula existencial la clave de la felicidad? No lo tenía claro. Y aquella chica, sentada en un escalón —junto a su bolso equivalente a mes y medio de sueldo—, bebiendo una lata de cerveza, tampoco parecía tenerlo.

Quería animarla. Era mi turno. En el pasado, ella siempre lo había hecho conmigo. Intenté hacerle ver que nunca es tarde si tienes ganas. «Es una respuesta muy de libro, lo sé; pero honestamente, si alguien puede cumplir con ese propósito, esa eres tú, Candela Olivares. ¿Me prometes que vas a luchar por ti?». Siempre se había puesto el mundo por montera, no podía desilusionarse tan pronto y aceptar un destino donde su vida se basaría en ir chequeando cada una de las diferentes casillas reservadas para cada edad. Ella respondió asintiendo, con una sonrisa rota de sueños. Y fue entonces, cuando tuve claro que algún día lo haría. Antes o después, se olvidaría de los años, los formalismos y las casillas pendientes para hacer las cosas a su manera. Porque avanzar en el tablero no es suficiente para todo el mundo. Hay quien necesita hacer su mejor partida y, en seguida, cambiar de juego para empezar con un nuevo reto. Olivilla era así, no podía dejar que la vida pasase sobre ella. Y, si se le olvidaba, yo se lo recordaría.

Tras vaciar las latas e intentar arreglar un poco el mundo, decidimos poner fin a nuestro encuentro. A la hora de despedirnos, lo hicimos como siempre. Ella con su mítico «Me ha encantado verte», apoyado en una sincera sonrisa, al que yo respondí: «A mí también».

Eché un último vistazo a la chica de la portada. Candela Olivares, perfectamente podría haber ocupado su sitio. ¿Cómo estaría? Hacía tiempo que no sabía de ella. Para acabar con mi incertidumbre, decidí escribirle un mensaje. «Olivilla, ¿cervezas y puesta al día?». Por mucho que el tiempo pasase, la vida no había acabado. Yo seguía inquieto y, si Candela aún no había conseguido dar un giro a su vida y me empezaba a contar penas y derrotas, intentaría hacerle ver que no hay mayor absurdo que ponernos la zancadilla a nosotros mismos. No sabía cuantas cervezas caerían antes, pero estaba convencido de que algún día vería a Candela presumiendo de éxitos en alguna de las revistas que, semana tras semana, enviaba mi madre en cadena.

1 comentario

  1. La avispa sagaz 30/05/2020

    Interesting

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