Relatos

Para dos

No me lo puedo creer. He perdido el tren en mi cara. De película. Antes de volver a casa, intento comprar otro billete. Pero nada, todo ocupado —normal en plena operación salida—. Es oficial: me quedo sin vacaciones de Semana Santa. Me vienen a la cabeza las miles de fotos que no haré y todas las conversaciones sobre el viaje, de cañas, que no tendré. Vaya mierda. Me podrá gustar mas o menos reconocerlo, pero para mí uno de los mayores placeres de hacer algo es compartirlo. Si no, ¿qué sentido tiene? Ahora todo eso se ha esfumado. Se acabó la idea de estirar mis vacaciones presumiendo de ellas.

Durante unos minutos, me quedo la estación reflexionando. Todo esto ha sido por cumplir y contentar al personal. ¡Qué rabia! Debería haberme fugado de la oficina sin dar explicaciones. Esto me pasa por preguntar. ¿Ahora quién me devuelve el dinero? Nadie. Tampoco tendría el valor de reclamárselo a mi jefa, no voy a mentir. Supongo que debo asumir la culpa. Me he acostumbrado a hacer las cosas así: corriendo y sin pararme a pensar. Hasta ahora, me había ido bien, pero esta vez, no he llegado. Al final, con tanta prisa por vivir, he descarrilado. Y la vida se ha escapado sin mí.

Al cruzar la puerta de la estación se hace efectivo mi fracaso. Ya puedo oír a mi madre: «Eso te pasa por ir siempre como los locos…». Gracias a Dios, está bien lejos. Menos mal. Porque no pienso contarle la verdad. Ni de broma. Ya tengo una edad y no estoy para reproches. Bastante tengo con lo mío. Mi hermano pequeño es otro tema. No puedo esconderme de él estos días.

Llevamos varios años viviendo juntos en la ciudad. Eso sí, cada uno a lo nuestro. A él nunca le habría pasado algo así. Es demasiado templado y lento como el solo. Según él, «las cosas tienen que hacerse a su amor». La verdad es que yo no tengo tiempo para andarme con tanta poesía. Me pone muy nervioso. No sería capaz de vivir así. Aunque a él no le va nada mal, de hecho, es un tío bastante bien posicionado en lo suyo y, aunque me resulte curioso, tiene muchos amigos. No sé de donde saldrán, pero ahí están. Ahora a ver qué hago yo. Me empieza a agobiar un poco la idea de pasar mis vacaciones con él. No soy capaz de recordar la última vez que hicimos algo juntos. Solo me viene a la cabeza cuando jugábamos a pegarnos y la cosa nunca acababa bien.

Al llegar a casa, saludo en voz alta. Por si acaso. No quiero llevarme ninguna sorpresa. Aunque no me contesta, el sonido de la música me guía hasta él. Está en la cocina, preparando alguna de sus recetas al ritmo de la música. Ahora le ha dado por ahí.

—¿Qué haces aquí? —pregunta al verme.

—Se ha estropeado el tren… —No quiero darle muchas vueltas al tema. Por eso, evito dar explicaciones soltando una excusa cualquiera—: Y como estaba todo lleno, la Semana Santa y todo eso, ya sabes, pues… no han podido reubicarnos —improviso.

—¡No jodas! Qué faena, macho… —Está demasiado concentrado picando verduras como para mirarme a los ojos. Perfecto. Era justo lo que necesitaba.

—Ya, bueno, cosas que pasan. —Le miro de reojo intentando adivinar cuál será el resultado de juntar todos los ingredientes colocados sobre la encimera. Me puede la curiosidad y, antes de huir a mi habitación, tengo que preguntárselo—: Y, tú ¿qué haces?

—Me iba a poner con la cena: pizza vegetal con base de batata. —La receta me parece, cuanto menos, curiosa. Desde que no come carne, hace cosas muy raras, pero esto no lo había oído nunca—. ¿Cuento contigo? Puedo hacerla para dos… —Es una oferta demasiado tentadora. La otra opción sería comerme el sándwich mixto que guardaba en mi mochila para el viaje. Aunque aceptar implicaría sentarnos juntos a la mesa, hablar y todo eso.

—Venga —respondo. No estaba entre mis planes pasar una noche de hermanos. Pero tampoco lo estaba perder el tren ni pasar las vacaciones en casa.

Cuando acabamos de cenar, le propongo tomar una copa con los restos de botellón guardados. La pizza le ha quedado muy rica y, no sé, me han entrado ganas de alargar la velada. Copa en mano, nos quedamos charlando en el cuarto de estar mientras nos reencontramos. Esto está siendo mucho mejor que jugar a pelearnos —tampoco tenemos edad para darnos de tortas porque sí—, además, auguro un final menos dramático.

La verdad es que la primera noche de vacaciones no ha estado tan mal. Nos hemos ventilado casi una botella de ginebra entera y me ha sabido a poco. Me lo he pasado bien con él. Muy bien, de hecho. Ha sido todo un descubrimiento. Ojalá sean así el resto de mis vacaciones. 

1 comentario

  1. -Al final, con tanta prisa por vivir, he descarrilado. Y la vida se ha escapado sin mí-

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