Proscrito
Ese día llegué tarde a casa. Sin darme cuenta, se me habían ido la lengua, la hora y mucha pasta. Todo, culpa de unas cervezas de más. Así, lo que iba a ser una refinada cata de vinos en la nueva taberna del barrio, terminó a las tres de la mañana, bebiendo un par de chupitos sin manos, en el único local abierto de la zona. Todo un espectáculo. El caso es que, cuando entré en el portal, olía muchísimo a marihuana. ¿Habría sido Mariano? No me imaginaba a mi portero hinchándose a fumar porros y, menos aún, a esas horas un día entre semana. A veces se pasaba con el volumen de la música cuando se ponía melancólico, recordando sus tiempos como pinchadiscos en bodas; pero salvo este detalle, era un hombre muy discreto. De camino al ascensor —ni me planteé subir por las escaleras—, tras impregnarme bien del intenso olor, mientras luchaba por mantenerme erguido, imaginé cómo de bien se lo debían haber pasado en la portería aquella noche.
Una hora más tarde, tras forzar la salida de todo el veneno que controlaba mis sentidos —y cada vez más agobiado por el madrugón del día siguiente—, peleaba por controlar el mareo cuando, de repente, oí jaleo. Sirenas y voces procedentes de la calle. Caminé descalzo, a oscuras, hasta la ventana de mi habitación. Al asomarme, pude ver la escena con todo detalle. Dos policías conducían a un tipo enorme, esposado, hasta el coche que tenían aparcado frente al edificio. Desde el portal, Mariano vigilaba el trabajo de los agentes, acompañado de mi vecina Consuelo, que observaba el suceso con atención.
Al día siguiente a mediodía, cuando por fin entré en el edificio, —con una resaca monumental y demasiadas ganas de tirarme en el sofá a deshumanizarme un rato—, me encontré con Consuelo junto a los buzones. Al percatarse de mi presencia, de golpe, disimuló su interés por la correspondencia ajena, y me saludó con la boca pequeña. Podía intuir a kilómetros sus ganas de perderme de vista. La mujer querría continuar con su trabajo y ahí estaba yo, estorbando. Pero era mi oportunidad de enterarme de qué había pasado la noche anterior. Y si alguien conocía los detalles de la historia, esa era Consuelo.
En cuanto saqué el tema de la policía, se acercó a mí, me agarró del brazo y lo escupió todo. «Te lo cuento a ti que eres buen chico. Para que sepas lo que hay por ahí y te andes con ojo…». Según me dijo, el hombre al que se llevó la noche anterior la policía era Joselito, el hijo de Mariano. Había vivido en la portería con su padre hasta hace unos años cuando Mariano, «incapaz de hacer carrera de él y cansado de su mala vida», le echó de casa. «El niño no hacía nada bueno, ya te lo digo yo». «Siempre andaba metido en líos. ¡Tenía loco al padre!».
Al parecer, unas semanas antes, tras quedarse en la calle, Joselito había vuelto al edificio. Mucho no debió salir desde entonces, porque yo no le había visto nunca. Al llegar a esa parte de la historia, Consuelo resolvió mis dudas sobre el nuevo ambientador del portal. «Y, encima que el pobre Mariano le acoge, se pone a fumar droga aquí, en la casa de su padre, poniendo en peligro su puesto de trabajo. ¡No hay derecho! En un edificio como este… Todo porque el niño nunca quiso juntarse con gente de bien. Menos mal que nuestro portero es un hombre de los pies a la cabeza y ha sabido poner fin a toda esta situación y denunciar los negocios turbios de Joselito…». Sí que debía ser un personaje curioso el hijo de Mariano. Mucho cariño no parecían tenerle. Cuando otra vecina entró en el portal, Consuelo dio por finalizada la confesión. Se descolgó de mi brazo para acercarse a ella y, sin molestarse en despedirse si quiera, me dio la espalda antes de informar a la mujer del episodio de la policía.
No tardé mucho en conocer otra versión de las andanzas de Joselito. Fue una mañana de sábado. Por el precio de un café con leche, servido en vaso de caña, y un pincho de tortilla, pude sacarle a Baldomero —dueño del bar conocido por el mismo nombre—, más detalles sobre el hijo del portero.
Baldomero y Mariano eran muy amigos. O, al menos, aparentaban serlo. A ciertas edades, las relaciones me resultan difíciles de calificar. No tanto por el origen de las mismas sino más bien por su manera de hacerse efectivas. Y este era su caso. Pasaban mucho tiempo juntos. Eran normal verles hablando, barra de por medio, poniendo a caldo a políticos, futbolistas y vecinos. Tenían soluciones para todo. Eso sí, entre crítica y crítica, siempre había tiempo para airear algún detalle de sus vidas, contarse sus penas o, simplemente, compartir silencios mientras las copas se iban vaciando. Gracias a Baldomero descubrí quién era realmente Joselito. Su versión de los hechos me pareció bastante más completa y verosímil que la que iba pregonando Consuelo.

Joselito nació en la portería. Cinco años más tarde, su madre les abandonó a su padre y a él en busca de un futuro prometedor. Ella no se consideraba digna de aquella vida y, cuando fue consciente de que la portería no era algo temporal, decidió buscar alguien mejor a quien explotar. Desde pequeño, Joselito había ido al colegio de curas del barrio. Su padre se había esforzado mucho por mover los hilos necesarios y pelotear a quien hiciese falta para que su hijo compartiese clase con los vástagos de los vecinos mejor posicionados de la zona. Pero, tal y como me reconoció Baldomero, esa fue la peor decisión que pudo tomar Mariano. Quería hacer de su hijo un hombre de provecho, alguien de quien presumir cuando se dejase caer por los bares o se cruzase con un conocido por la calle. Sin embargo, el plan no tardó en volverse en su contra.
A ojos de Baldomero, la desgracia se veía venir desde el principio. Cuando las espinillas, el pelo y las maldades brotaron, Joselito se convirtió en el paria de un lugar donde hasta el más zoquete tenía un apellido distinguido y progenitores con varias cuentas bancarias adornadas con muchos ceros. «La de veces que le he tenido llorando, antes de ponerse como un mastodonte, aquí, justo donde estás sentado tú, contándome lo mal que lo pasaba en el colegio…».
Luego empezó a hacer dinero. «Aún era un mico, quince o dieciséis años tendría, cuando se escapaba del colegio para ganarse unas monedas en la sala de apuestas; lo peor de todo es que se le daba bien al jodio». Al parecer, gracias al juego, empezó a amasar una pequeña fortuna que le permitió superar el nivel adquisitivo de sus compañeros. Se vestía con ropa de marca —poniéndose todo junto, sin ningún criterio, con el logo bien visible, según me comentó Baldomero— y siempre cubría su muñeca derecha con un llamativo reloj «poco propio de alguien de su edad». Al parecer, sus esfuerzos no dieron frutos y sus compañeros seguían despreciándole. Pero gracias al dinero, al menos pudo permitirse la compañía de alguna que otra chica del barrio, deslumbrada por el tren de vida que ofrecía. Joselito era amo y señor de su destino. Muy poca gente de su edad podía decir lo mismo. Y esa independencia económica, junto a la generosidad con la que mimaba a sus conquistas, le libró de la soledad.
Sin embargo, con veinte años, al terminar por fin el bachillerato —como había prometido a su padre–, todo saltó por los aires cuando le dijo a Mariano que no pensaba seguir estudiando. «No quería ser como sus compañeros del colegio. Iba a ganarse la vida de otra manera». Su padre, incapaz de entenderlo, lo echó de casa y le pidió que no volviese nunca más. Su plan había fracasado y, para sueños frustrados, ya tenía bastante con mirarse al espejo cada día. Si Joselito no iba a ser como había imaginado, prefería tenerlo lejos de él y su portería.
Por eso, desde entonces, el hijo del portero no había pisado al barrio. Pero ahora su situación era límite. Había estado metido en un par de negocios de dudosa legalidad y había salido corriendo antes de que diesen con él. «Por eso volvió, y Mariano ha aprovechado la situación para hacerle el lío. Estoy convencido. No voy a juzgarle pero… está feo eso de dejarle con el culo al aire para quitárselo de en medio».
La versión de Baldomero me descolocó mucho. Me hizo plantearme cómo sería el verdadero Joselito. ¿Era víctima de las aspiraciones de su padre? ¿O, como decía Consuelo, un delincuente que solo buscaba aprovecharse de él? Ya dudaba de todo. Y, probablemente, nunca averiguaría la verdad por mí mismo.
Después de mi desayuno con Baldomero, pasé todo el día fuera. Cuando volvía a casa, vi a Mariano a lo lejos, apoyado en la esquina del edificio. Estaba fumando, escondiendo el cigarrillo bajo la palma de su mano. Paso a paso, según me iba acercando a él, me di cuenta de algo. Aquello no era tabaco. El olor le delataba. ¡Qué equivocada estaba Consuelo! Antes de permitir que me acercase más, dio una última calada, tiró la colilla y se echó a andar, huyendo de mí, tras expulsar una densa y perfumada bocanada de humo.

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