Relatos

Rebajas

Me despierto con el desagradable sonido de un teléfono de origen chino. Estoy solo en la cama, tumbado sobre un colchón que ocupa casi la totalidad de la habitación de alquiler donde me refugio del mundo. Abro el ventanuco que comunica mi intimidad con un triste patio interior. Entra frío, pero necesito vaciar la humanidad concentrada bajo el edredón. Después, salgo de la habitación y voy al baño. La primera meada del día es increíblemente sanadora. Con ella, libero plácidamente restos del veneno que durante días he acumulado en mi cuerpo.

Voy hacia la cocina. No percibo ningún rastro de vida. Seguramente, más precavidos, Nerea y Christian hayan decidido fugarse del apartamento antes de sucumbir a los recuerdos y comparar nuestra triste rutina con sus espléndidas casas familiares. En el salón, confirmo mis sospechas. Tan solo encuentro unas siniestras figuras de cerámica ubicadas en la estantería. Son el particular tributo de Nerea a las tradiciones familiares. O, mejor dicho, su manera de ganarse a los papis, y enternecer sus corazones cuando visitasen el precario, pero navideño, hogar de la niña —dura vida la suya, opositando a gastos pagados en la capital—. En mi opinión, el objetivo estaba claro: aflojarles la cartera y sacarles cuanto más, mejor. Casualidades de la vida, ayer volvió con una maleta nueva. Llena de regalos, por supuesto.

En la cocina me encuentro con los restos de las fiestas pasadas. Ayer ni siquiera me molesté en guardar en el frigorífico la comida recaudada durante la última reunión familiar. Total, ya olía mientras viajaba conmigo en el autobús. Llegados a este punto, no hay quien evite su fatal destino. Además, pienso darle salida antes de gastarme un duro en el supermercado. Eso lo tengo clarísimo.

Desayuno un par de polvorones y tres langostinos. Al acabar mi menú fusión, me doy cuenta de lo jodido que estoy. Y lo que me queda. Espero que entre mejor a la hora de la cena, si no me tocará enternecer a mis compañeros y rascar algo de compasión en forma de comida a domicilio. «Ya haremos cuentas cuando cobre. Las navidades me han dejado seco», diré para justificarme. Todo un clásico.

Después, en un acto de misericordia con mis colegas, decido asearme un poco. Me doy un agua y me unto en desodorante. Cuando voy a cepillarme los dientes, me doy cuenta de que el tubo de dentífrico, enrollado sobre sí mismo, no da más de sí. Decido robarle un poco a Christian del suyo. No se va a enterar. Y, si lo hiciera, siempre puedo echarle en cara cómo siempre me gorronea las croquetas de mi madre. Ojo por ojo, croqueta por dentífrico. El dineral que gana el cabrón, y lo agarrado que es. Me cago en la puta.

Vuelvo a mi habitación y me pongo el uniforme de trabajo: un triste polo amarillento, unos tirantes y vaqueros ajustados. Al jefe le gusta vernos apretaditos. Y quien paga, manda. Mientras no me ponga la mano encima, puede fantasear todo lo que quiera. Yo cumplo con mi cometido, vendo todo lo que puedo y a cobrar. No es nada del otro mundo. Solo un curro cualquiera que me permite ser tan infeliz como el resto de los habitantes de la ciudad. Aunque en los encuentros navideños, no dudo a la hora de maquillar un poco mis funciones y aumentar un pelín mi sueldo. Mi única intención es hacer felices a los que me rodean. ¿Soy mala persona por eso? Además, así puedo vivir tranquilo sin llamadas y preocupaciones innecesarias durante los próximos once meses.

Una vez listo, me ponga la sudadera nueva. Es una las numerosas prendas recolectadas en las últimas semanas bajo arboles de plástico disfrazados de Navidad. Últimamente, siempre encuentro lo mismo bajo aquellos deformes abetos: bufandas rancias, calcetines de colores y sudaderas sin nombre propio. En fin, ropa y más ropa. «¡Camúflate!», parecen gritar mis «desconocidos» benefactores. Ninguno de ellos se ha parado a pensar ni un poco en mis gustos; puedo olerlo antes de esforzarme en desenvolver paquetes. Culpa mía, lo reconozco. Pero me niego a orientar el tiro cuando la pregunta es «dime algo que necesites». ¿Desde cuando los regalos son para cubrir una necesidad? ¿Qué necesidad tenía cuando pedí el Halcón Milenario de Lego por Reyes? Ninguna. Pero bueno, no les culpo. Hoy en día, un simple papel permite cambiar cualquier cosa por otra sin mayor esfuerzo. Lo único que importa, la cantidad disponible para jugar la partida. En ese momento, continúa la carrera de relevos en busca del trofeo. Ese premio justificará la sonrisa forzada al descubrir el contenido de los regalos colocados junto a tus zapatos. Y es que, en este mundo tan individualista, dar ticket regalo me parece una idea cojonuda y uno de los mejores inventos tras los auriculares.

Aún no le he quitado la etiqueta a nada. Nunca sabes cuando la puedes necesitar. Ocultando la acartonada identificación en el interior de la sudadera, camino hasta la puerta de mi piso. Cojo mis llaves, la cajetilla de tabaco y un paraguas, por si acaso. Bajo las escaleras trotando y salgo a la calle. Durante un par de minutos, recorro el laberinto que me separa de la preciada avenida principal. Aquella donde reinan los comercios, las casas con vistas y las salidas a algún otro lugar. Tras rascarme la espalda, como premio, me enciendo un cigarro antes de continuar la marcha.

Camino despacio, buscando algún recuerdo de los días pasados. Pero la Navidad se ha fugado. No hay ni rastro de las luces ni de los escaparates nevados. Me paro antes de entrar en la boca de metro. Mientras apuro el cigarro, observo el escaparate de los grandes almacenes que gobiernan la ciudad. «Todo al 50%», gritan numerosos carteles con ganas de no dejarte escapar. Aún no han abierto y ya tienen cola en la entrada principal. Con toda la devoción del mundo, hombres y mujeres de todas las edades se organizan frente al edificio de las oportunidades. Preparados ante cualquier revés climatológico, esperan pacientemente la apertura de puertas. Una vez dentro, estoy seguro de que los modales no serán los mismos.

Me rasco la espalda de nuevo. La etiqueta de la sudadera me está lijando vivo. Meto la mano a ciegas por el cuello para buscar aquel maldito trozo de cartón. No termino de dar con él. Me desentiendo del cigarro y lo aplasto con el pie. Después, continuo con mi tarea. Cuando doy con la etiqueta, soy consciente de que es el menor de mis problemas. Alguna mente brillante se ha encargado de unirla a la prenda de por vida con una resistente cuerda. En ese momento, centro todas mis fuerzas en acabar con ella. Aunque no es fácil, consigo liberar la sudadera. Orgulloso de mi victoria, me deshago de la etiqueta en una de las papeleras que custodian la boca del metro. Y, con ella, de toda posibilidad de cambio o redención. Qué más da. ¿Acaso habría cambiado en algo mi vida?

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