Antologías

Sin hueso

Deshuesada La pecera del pulpo

Esa tarde de junio, el tiempo estaba raro. Se había levantado el viento y no sobraba el pantalón largo. Llevaba quince minutos solo, esperando a ser atendido, en una terraza rodeada de zonas ajardinadas. A mi derecha, un variopinto grupo de vecinos conversaba mientras sus perros jugaban a perseguirse; y a la izquierda, unos chavales, entre caladas y tragos, consumían su tarde sentados en un banco. Tras consultar la hora en el móvil, pude ver a la camarera acercándose hasta mí con un doble de cerveza frío y unas aceitunas servidas en un recipiente de barro. En cuanto colocó el aperitivo sobre la mesa, me puse a la defensiva. Vivimos en un país de bares pero, a la hora de tomar una caña, la compañía no es siempre la más adecuada. Para mí, de todas las tapas posibles, las peores eran las aceitunas. No me fiaba de ellas. Antes comía de todo y las aceitunas no suponían ningún problema. Evitar el hueso me resultaba fácil. Fue Marilú quien logró alejarme de ellas contagiándome su miedo. Era algo irracional, pero después de compartir aire acondicionado y confidencias, pasaban estas cosas.

Marilú llegó al edificio tras la marcha de Olivilla. «Otra muñeca de ciudad más», pensé al verla por primera vez en el portal. ¿Por qué se parecían tanto todas las chicas del barrio? A primera vista, eran idénticas: corte de pelo similar, mismos modelitos y, todas ellas, consumidoras acérrimas de vino blanco y ginebra, en copas gigantescas, por supuesto. Recuerdo que llegó al edificio un año muy caluroso. Tras un mayo demasiado veraniego,  las tardes de junio se habían vuelto insoportables. Como tenía el aire acondicionado inutilizado —por no cumplir con los estándares de ruidos permitidos en la comunidad—, me pasaba el día enfriando agua en la nevera, quejándome del calor y sin parar de sudar. Pero, gracias a una charla de ascensor, mi suerte cambió.

Era un día cualquiera, volvía a casa después de comprar algo de verdura para intentar cocinar un gazpacho —estaba cansado de dejarme el dinero en los preparados de supermercado—, cuando al entrar en la cabina del ascensor oí a Marilú gritar: «¡Espera, que subo!». Aceleró el paso, sosteniéndose sobre sus tacones como pudo, y llegó hasta mí. Una vez dentro, sin vergüenza ninguna, se presentó y me preguntó por la compra. «¿Gazpachito?». Sin entrar en detalles de la elaboración del plato, aproveché para quejarme del calor. «Es que con este tiempo… no me apetece otra cosa». Entonces, ella —no sé si por solidaridad o compasión— me ofreció compartir su aire acondicionado. «Con esto del horario de verano, paso en casa toda la tarde sola. Así que… vente cuando quieras al fresquito». A pesar de hacerme el interesante antes de aceptar, confieso que en ningún momento me planteé rechazar la oferta. Y así fue como comenzó nuestra relación. Ella ponía el aire, yo la compañía. Tardé poco tiempo en darme cuenta de que no todas las chicas del barrio eran iguales. De puertas para dentro, la cosa cambiaba mucho. Demasiado, diría yo.

Todos los días seguíamos la misma rutina: Marilú me avisaba cuando llegaba al edificio y yo le dejaba unos minutos para que se pusiese cómoda antes de plantarme frente a la puerta de su piso. Normalmente me recibía vestida con una camiseta vieja y el pelo recogido en un moño despeluchado. Parecía otra persona. A la hora de ejercer de anfitriona, Marilú era un desastre. Todo le daba pereza. Eso sí, el móvil no lo soltaba. Con tener café y tabaco le bastaba, no necesitaba más; por eso se preocupaba poco por llenar la nevera. No sería yo quien la juzgase. Cada uno en su casa se organiza como quiere y, mientras hubiese aire acondicionado, yo, feliz. Curiosamente, para no conocernos de nada, me sentía bastante cómodo con ella.

No tardamos en intimar y, después de dos días juntos, parecía que nos conocíamos desde hacía años. Aunque para algunos temas tenía una mentalidad un tanto anticuada, era muy graciosa contando historias. Solía evadirse de nuestras conversaciones criticando publicaciones ajenas en redes sociales —generalmente, de gente que no conocía y vivía de hacerse fotos—, e ignorando mensajes de su familia y amigos. Además, le encantaba hablar del futuro, de cómo resolvería su vida y, sobre todo, lo contenta que estaría su abuela cuando lo hiciese. «Se piensa que soy virgen, con veinticinco años… ¡imagínate! No sabes que disgusto le doy si no me caso», comentaba. «A ver si me dura este trabajo un tiempo —siempre cruzaba los dedos cuando repetía esta frase—. La cagué tanto en el otro fotocopiándome las manos…». Estaba de acuerdo con ella, ese no era el camino.

Poco a poco, Marilú se fue adaptando a la vida del edificio. Al volver de la oficina, antes de nuestra cita, solía fumarse un cigarro con Mariano, nuestro portero, en la entrada del edificio, mientras comentaban la vida del resto de vecinos. Mariano siempre había tenido debilidad por las vecinas más jóvenes y no dudaba en ponerse a su disposición, de manera totalmente gratuita, para solucionar cualquier problema logístico que surgiese en sus pisos. Estos favoritismos no le hacían ni pizca de gracia a Consuelo y siempre dedicaba la peor de sus caras cuando se cruzaba con la pareja en el portal. Y, si se venían arriba y le saludaban con una sonrisa, podía llegar a oírse cómo le bullía la sangre.

Gracias a sus charlas con el portero, Marilú conoció la historia de la Deshuesada. «¡Tío, que la Consuelo se cargó al marido!», me empezó a contar, impresionada, tras enterarse del rumor. «El pobre ya estaba fastidiado, lo de tragar le costaba… y, la muy bicho, un plato de aceitunas con hueso le puso, a traición, para matarlo. ¿Te lo puedes creer?». Todo me parecía muy peliculero. ¿Sería un rumor más en la guerra entre Mariano y Consuelo? Qué sé yo. Conocía poco a mi vecina Consuelo y, aunque no me quitaba el sueño, reconozco que podía llegar a dudar de su inocencia. Sin embargo, Marilú empezó a obsesionarse con el caso.

Al principio, intentaba quitarle importancia a las palabras de Mariano, poniendo en duda la veracidad de la historia. «De todas formas, vete tú a fiar de Mariano. He oído por ahí que es un poquito verde, que le va tirando los trastos a las asistentas; igual quiso con Consuelo, ella le negó y por eso cuenta estas cosas…», decía para consolarse. Pero el alivio le duraba poco. Constantemente me recordaba el peligro de comer aceitunas con hueso. «Tu pregunta siempre, ¿eh? Que hay ensaladas muy traicioneras… y en los bares de este barrio, que van tan de modernos, te la cuelan sin que te des cuenta». En un primer momento, me resultaba hasta gracioso que se preocupase por mí, pero, con el paso de los días, se me atragantó su actitud. Cada vez que veía una aceituna, en cualquier formato, me acordaba de las paranoias de Marilú, y, con tal de evadirme un poco de sus locuras y conspiraciones de barrio, las evitaba.

Pasé de ir a su casa todos los días a dejarme caer cuando dudaba de mi capacidad de supervivencia a las elevadas temperaturas de julio. Durante mis visitas, intentaba aprovechar al máximo el tiempo, refrescarme y volver a casa lo antes posible. Mientras tanto, escuchaba teorías sobre las aceitunas, sus huesos y la facilidad que tenían para «irse por otro lado». Un día acabé tan harto de ella que prometí no volver a su casa. El servicio de aire acondicionado salía demasiado caro, así que opté por combatir el calor, lejos de allí, como buenamente pudiese.

Marilú tardó en respetar mi decisión. No entendía muy bien mis indirectas. Debía pensar que no iba a verla por miedo a ser atacado por Consuelo y sus aceitunas en el descansillo. Y, por si acaso, no dejaba de enviarme enlaces a noticias sobre desgracias provocadas por aceitunas. Era como si quisiera que permaneciese alerta. Gracias a Dios, esta dinámica no duró mucho. Tardé, pero descubrí la clave para frenarla: no contestar a sus mensajes. Ni un mísero emoticono. Nada. Debió darse por aludida o encontrar un nuevo enemigo; seguramente, los pepinillos o las cebolletas eran los siguientes. Podía imaginármela en su casa investigando sobre ellos. Tampoco me importaba, mientras ella fuera por su lado y yo por el mío, todo bien. Y así fue como terminó nuestra relación. No lo voy a negar, me dio pena acabar así, pero no supe hacerlo de otra manera.

Tras recordar a Marilú y nuestro conflicto con las aceitunas, miré fijamente el recipiente de barro que había traído la camarera hasta mi mesa. Indeciso, acerqué un dedo hasta una de ellas y la presioné un poco. «Está durita, esta lleva hueso gordo», pensé. La cogí con mucho respeto y la acerqué a mi cara para observarla con atención. Parecía inofensiva. Entonces, decidí que ya era hora de acabar con la tontería. Me metí la aceituna en la boca y, con sumo cuidado, empecé a deshuesarla. En ese momento, el teléfono empezó a vibrar sobre la mesa. No podía ser cierto. Al ver el nombre de Marilú en la pantalla, perdí el control y se me complicó la tarea. La agonía duro un par de segundos. Por suerte, antes de atragantarme, logré escupir la aceituna mordisqueada y bloquear la llamada.

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