SXXI
Llegué a Sonrisas Veintiuno en una época complicada. El mundo había cambiado mucho y en muy poco tiempo. Desde que tuvimos uso de razón, la gente de mi generación crecimos escuchando los mensajes y opiniones transmitidos por líderes digitales de quienes, por lo general, nos fiábamos más que de nuestros padres. Vivíamos en un mundo libre en el que podíamos ser lo que quisiéramos, o eso nos decían. Aunque bastaba con ser un poco leído y tomar distancia de las pantallas para saber que aquella afirmación titulaba un enorme párrafo escrito en letra pequeña. Pues como había ocurrido siempre, no éramos más que marionetas al servicio de los intereses de las grandes corporaciones. En mi opinión, lo mejor era asumirlo. Y, después, hacer todo lo posible por convertirse en un activo imprescindible para el bando ganador.
Por su parte, los gigantes empresariales evitaban mencionar el dinero o el poder en sus mensajes. O mejor dicho, camuflaban esos términos hablando de capital humano y estabilidad emocional; apelando a los sentimientos y justificando sus acciones como medios fundamentales para alcanzar su meta: construir una sociedad más feliz. Así, haciendo suyas estas afirmaciones, tres grandes firmas habían conseguido hacerse con la supremacía sobre el resto de las empresas del planeta. Eran conocidas como la Santísima Trinidad, un grupo compuesto por la consultora Personas Primero; la empresa de comercio electrónico, Estabilidad Emocional, y, por último, la joya de la corona: el banco de datos, Sonrisas Veintiuno, también llamado SXXI.
Cuando me invitaron a participar en el proceso de selección conocido como Jóvenes Sonrisas, no cabía en mí de alegría. El día señalado, me vestí con ropa formal, de colores sobrios y me maquillé lo justo. Decidí ir caminando hasta La Sonrisa —nombre empleado para referirse al rascacielos acristalado en forma de media luna donde se ubicaba la sede central de la compañía—. Apenas era un paseo de veinte minutos desde mi casa. Quería aprovechar para bajar el desayuno, aliviar tensiones y, sobre todo, repasar mi discurso antes de enfrentarme a mis rivales.

No supe cuántos eran ni cómo hasta que llegué a la sala de reunión. Tras cruzar la enorme puerta principal de La Sonrisa, acreditarme y subir treinta y ocho pisos en apenas diez segundos, el conserje de la planta me indicó el lugar donde se desarrollaría la reunión: la sala Felicidad. Al entrar, me di cuenta de que no era la primera. Aquel detalle me disgustó, pero al observar detenidamente al único individuo presente, embutido en una de las sillas de la sala, me relajé. Era un chico rechoncho, con cara de crío al que interrumpí catando la bollería que habían dispuesto en bandejas sobre la mesa.
—Hola, soy Diego — Mientras luchaba por enderezarse en la estrechez de su silla, me tendió la mano. Me lo pensé dos veces antes de ofrecerle la mía.
—Tienes… chocolate en los dedos. —Avergonzado, rápidamente buscó en la mesa una servilleta con la que limpiarse.
—Yo soy Miranda —añadí antes de sentarme. Tenía un aspirante menos del que preocuparme. Seguramente, el papel de Diego era dejarnos sin comida al resto.
Unos minutos más tarde entró en la sala otro de los candidatos. Se llamaba José María. Era un chico moreno de estatura media y rasgos afilados. A primera vista, me pareció un rival bastante más decente. Por último, y cuando estaban a punto de dar las nueve, llegó a la sala una chica rubia, muy elegante y bien vestida. Su nombre era Virginia y era insultantemente guapa. Aquello podría resultar un problema. Pero debía ser paciente, confiar en el buen criterio de SXXI y demostrar mi valía.
Esperamos al entrevistador sin entablar ningún tipo de conversación. Nos observábamos, discretamente, mientras fingíamos usar nuestros teléfonos móviles. Aunque alerta a lo que ocurría a mi alrededor, no quería dar el primer paso. Mi misión allí no era hacer amigos. No. Mi misión era demostrar a la compañía que era mejor que ellos. Durante la espera, el único sonido perceptible a mis oídos lo producía Diego al intentar cumplir su propósito de dejar limpias las bandejas. El entrevistador llegó veinte minutos más tarde de lo previsto. Era un hombre de baja estatura, aspecto bonachón y frente despejada que debía rondar la treintena. En primer lugar, nos pidió disculpas por el retraso. Comprensivos, le quitamos hierro a su falta entre risas. Sabíamos perfectamente a lo que veníamos.
Tras presentarse, nos puso un video corporativo donde se ensalzaba el trabajo de la compañía. Después nos invitó a que hablásemos cada uno un poco sobre nosotros. En concreto, nos pidió que hiciésemos referencia a nuestra formación, experiencia laboral, intereses y gustos.
Fui la primera en presentarme. Mi objetivo era informarles de mi gran preparación académica. Era mi mejor baza. Comencé hablando sobre mi Doble Titulación en Administración de la Felicidad y Gestión de Informaciones Ajenas. Además, añadí que hacía tan solo unas semanas, había finalizado un Máster en Dirección de Asuntos Controvertidos. En cuanto a mis capacidades comunicativas, comenté brevemente mi nivel nativo en Medición de Intenciones, mi título avanzado en Decir Verdades a Medias y mi nivel intermedio en Contentar a Figuras de Autoridad.
Después llegó el turno del resto de mis compañeros. Cuando terminaron de hablar, fui consciente de que éramos demasiado parecidos. Estaba claro. De lo contrario, no hubiéramos sido invitados a aquella cita. Todos habíamos estudiado, al menos, dos titulaciones, complementadas con un caro máster y viajes; al extranjero para perfeccionar nuestras habilidades comunicativas, y a países en desarrollo para desempeñar labores humanitarias. En cuanto al ocio, nadie evitó mencionar su pasión por la cultura y algún deporte elitista como el golf, el esquí o la hípica. Una vez presentados, creo que todos asumimos que la batalla sería dura. Estábamos luchando contra nosotros mismos.
Tras la primera ronda de contacto, el entrevistador nos propuso una dinámica de grupo. Quería que nos identificásemos con un objeto y dijésemos el por qué. Explicó brevemente el funcionamiento del ejercicio y nos anunció que contaríamos con veinte minutos para escoger el objeto y preparar nuestra defensa. Después, nos dejó solos mientras nuestras mentes se esforzaban en dar con la mejor respuesta.
La primera cosa que se me vino a la cabeza fue un espejo. Era un utensilio cotidiano que permitía a la gente ver su propia sonrisa. Me parecía muy acertado para alinearme con los valores de la empresa. Mientras pensaba más argumentos para defender mi objeto, Virginia se levantó de su asiento. Deduje que iba al baño y decidí acompañarla. Diego no tenía nada que hacer, seguro que se identificaría con una rosquilla, o algo así, y José María era demasiado parco en palabras como para sonsacarle algo de información. Pero quizás, una charla a solas con Virginia sería mi mejor baza contra ella.
Consideré que había llegado el momento oportuno cuando las dos estábamos enjabonando nuestras manos sobre el lavabo.
—Qué nervios tía. Estoy dudosa. No sé qué decir… —fingí.
—Yo lo tengo clarísimo, la verdad —dijo, enmarcando sus palabras en una preciosa sonrisa llena de seguridad.
—¿Sí? Que envidia… yo es que había pensado en una agenda, porque soy organizada y eso…
—Yo, un bolígrafo. —Su elección me descolocó. Era muy original y con grandes posibilidades.
—No sé, Virginia, ¿un boli? Yo no lo veo. Te recomendaría que cambiases… aún estás a tiempo. Yo lo digo por ti, ¿eh? Creo que no representa ni la mitad de lo que vales. Vamos, yo antes te escuchaba y alucinaba contigo. ¡Qué currículum, tía! —Abrí el grifo, dejé correr un par de segundos el agua y me enjuagué las manos.
—Puede que tengas razón, le daré una vuelta… Aún hay tiempo.
—Claro, como digo yo siempre: «si es para acertar, siempre compensa cambiar» —añadí. Salimos del baño riéndonos. Parecíamos íntimas. Quizás podríamos haber llegado a serlo de no ser porque competíamos por ocupar la misma silla.
Al agotarse el tiempo concedido para preparar nuestra defensa, el entrevistador entró de nuevo a la sala. Tomó asiento y comenzamos la dinámica. El primero en hablar fue José María.
—El objeto que yo he seleccionado es un teléfono móvil. —Me pareció bastante interesante su propuesta—. La capacidad del dispositivo por realizar múltiples acciones y la mayoría de ellas a gran velocidad y con éxito, me parece increíble. Creo que todos aspiramos a ser algún día tan eficientes… —Grave error. El último argumento había cavado su tumba, estaba segura. Sonrisas Veintiuno apostaba por las personas, y no creo que incorporase a sus filas a un joven cuya aspiración era ser una máquina programada.
Después llegó el turno de Virginia. Estaba en ascuas, confiaba en que hubiese cambiado su respuesta. Después de atusarse el pelo y sacar pecho procedió a defender el objeto que había seleccionado:
—En mi caso, aunque pueda parecer algo muy simple, he elegido un bolígrafo… —empezó a decir mientras me dedicaba, otra vez, una de sus bonitas sonrisas. Estaba claro. Todo lo que tenía de guapa, lo tenía de lista. Ya no podía usar su respuesta y contaba con poco tiempo para pensar en otro objeto—. Con él puedes dibujar, escribir mensajes… —Mientras mi rival defendía las bondades de ser un bolígrafo, me exigí agudeza mentar para encontrar una propuesta mejor. No iba a permitir que se saliese con la suya.
Cuando Virginia terminó su exposición, llegó el turno de Diego. No pude evitar perder todo interés en su defensa desde el momento en el que aseguró sentirse identificado con un fusil de asalto. Debía pertenecer a una familia muy influyente, cada vez lo tenía más claro. De lo contrario, no entendía cómo podían haberle invitado a participar en el programa Jóvenes Sonrisas. Cuando Diego terminó de decir tonterías, el entrevistador me concedió el turno de palabra.
—El objeto que yo he seleccionado es un lápiz. Siempre he pensado que es un objeto simple, pero a la vez muy complejo. Al igual que el artículo escogido por mi compañera Virginia, permite dibujar, escribir mensajes… Pero bueno, eso ya lo sabemos todos —apunté, con una sonrisa—. Por eso, me gustaría destacar que a diferencia de cualquier otro instrumento similar, de un lápiz que se ha partido por la mitad, puedes obtener dos. Además, quiero añadir que el trabajo realizado con lápiz se puede borrar y corregir, lo cual creo que es un gran valor añadido pues, «si es para acertar, siempre compensa cambiar».
Tras mi aportación, se dio por acabada la prueba. El entrevistador agradeció nuestra participación y, antes de dar por finalizado el encuentro, aseguró que pronto se pondrían en contacto con nosotros para comunicarnos si continuábamos en el proceso. De ser así, tendríamos una entrevista personal con el director de nuestro departamento y sería, tras esa última prueba, cuando se tomaría la decisión sobre nuestra incorporación a SXXI.
Pese a los esfuerzos de mi contrincante por acabar con mi candidatura, conseguí pasar a la siguiente fase. En ella, me entrevisté con la que sería mi jefa si era admitida. Aquella fase fue mucho más sencilla de lo que esperaba. Bastó con repetir una vez más el mismo discurso corporativo, darle la razón, sortear las trampas y sonreír, sonreír mucho. Unas horas más tarde, me comunicaron que había sido la candidata seleccionada. Ya estaba dentro. Lo había conseguido.
Quince días después, me incorporé a SXXI. Por fin lucía mi enorme sonrisa, como llevaba soñando desde que era una niña. Contaba con un correo corporativo con el prestigioso dominio @sxxi.com y, día a día, me rodeaba de grandes profesionales a los que había admirado durante años. A pesar de que mis funciones se limitaban a ser, básicamente, la asistente de una frívola mujer que consideraba su valía personal proporcional al precio de la ropa que vestía, yo había llegado hasta allí para quedarme. Y aguantaría todo lo que fuese necesario. Porque como dice el conocido refrán: «quien ríe el último, ríe mejor».
