Relatos

Uno más

—¡Uno más! ¡Por tu cumpleaños! —gritó Alberto, tras acercarme un chupito de tequila.

—Tío, es el quinto… Ya no tenemos edad para estas mierdas.

—Y los que hagan falta nos vamos a tomar. No se cumplen treint… —Hipó. Antes de dejarle terminar la frase, cogí el chupito, lo choqué contra el suyo y lo engullí—. Espérame aquí y no me hagas bomba de humo, ¿eh? Que me toca salir a cantar en breve. —Continué acodado en la barra mientras Alberto se dirigía al escenario. Allí era donde se concentraba la mayor parte de la clientela de aquella mítica sala, lugar de culto, generación tras generación, para veteranos trasnochadores. A Alberto le encantaba aquel local. A mí, cada vez menos. Me hacía ser consciente de lo mayores que nos estábamos haciendo.

Yo no pensaba celebrar mi cumpleaños. Esas cosas, ya no me tocan. Mi único capricho esa semana había sido aprovechar los dos días libres que me quedaba del año anterior para inventarme un puente. Sin embargo, cuando salimos de la oficina, Alberto insistió en que debíamos celebrarlo. Al fin y al cabo, para dos solteros como nosotros, ir de cañas era la única oportunidad de darnos un poco de vida entre semana. Intenté aprovechar la ocasión para sumar más amigos al plan. Pero, lo de improvisar una quedada y tener éxito con la convocatoria es complicado a estas alturas; por muchos años que se cumplan. Las parejas, responsabilidades profesionales e incluso algún que otro crío, dificultaban cada vez más la tarea. Aún así, cerveza a cerveza, fuimos improvisando la celebración. Estuvimos en un montón de bares. Cada uno ellos, perfectamente alineados, iban marcando la ruta a seguir. Una vez comenzabas el recorrido, era difícil escapar. Nada que no supiésemos ya. Incluso ese día, aun siendo miércoles, una vez acordado el punto de partida, sabía que la cosa no sería diferente. Y, en cuanto la noche pidió copa, tuve claro donde Alberto me iba a llevar.

Siempre había sido de letras. Muy de letras. De hecho, con mi trabajo en la agencia, de alguna manera, puedo decir que sobrevivía gracias a ellas. Sin embargo, cuando se acercaba mi cumpleaños me daba por los números. Todo por culpa de la dichosa pregunta: «¿Cuántos caen?». En ese momento, ponía a trabajar a pleno rendimiento mi hemisferio izquierdo. Era necesario cuantificar. Imprescindible para valorar el éxito o fracaso de los últimos 365 días de vida. Entonces empezaba a contar: cuánto dinero había ganado; las fiestas a las que había ido; los viajes, y, cómo no, cuántos polvos había echado. Curiosamente, los números siempre eran inversamente proporcionales a la edad que cumplía.

Mientras esperaba a la actuación de Alberto, entre sorbo y sorbo, mareaba mi vaso y reflexionaba sobre la vida. Si me escapaba antes, no me lo iba a perdonar. De repente, una chica se acercó hasta la barra. Era difícil no fijarse en ella. Encaramada sobre unas deportivas grotescas, vestía vaqueros rotos y una sudadera incapaz de cubrirle uno de los hombros. Era, con diferencia, la persona más joven del local. Con el móvil en la mano, sosteniéndolo frente a su boca, como si de una tostada se tratase, grababa un mensaje. Al terminar, levantó la mano con la que sujetaba el teléfono y le dedicó una sonrisa que le comía la cara. Pulsó un par de veces la pantalla y luego bajó el móvil para examinar el resultado de su obra.

—¿Quieres que te haga la foto yo?

Nah, era un selfie… Para dar un poco de envidia a mis amigas —añadió con picardía. Centró de nuevo la mirada en su teléfono mientras toqueteaba la pantalla.

—Entiendo —contesté, antes de sintonizar de nuevo con mis pensamientos.

—Perdone, ¿podría cargarme el móvil? —preguntó al camarero.

—No tenemos cargador. Si tienes el tuyo, te lo enchufamos.

—Qué va…

Se giró hacia mí.

—Tío, no tendrás un cargador para prestarme, ¿verdad?

—No. Lo siento…

—Joder, qué putada. —Se volvió, de nuevo, y pidió una copa. El camarero quiso ver su D.N.I. antes de servirla. La chica sacó su identificación y se la entregó.

—Del 2000, ¿eh? Entonces, veinte años tienes ya… —contestó al devolverle el carnet. Aluciné con el dato. «¿Del 2000? ¿Estaba permitido que esa gente saliese ya de noche? Si yo en el 2000 estaba… bueno, mejor ni pensarlo», me dije a mí mismo.

—¡Flipas! Lo vieja que me estoy haciendo… jajaja —El camarero no pudo evitar reírse de su comentario. Después se giró y escogió una botella de licor con cara de ciervo que combinó con una bebida energética. Pura gasolina.

—Aquí tienes.

—¡Qué rico! —dijo ella, tras dar el primer sorbo. Pagó la consumición y se alejó de la barra, lentamente, dando otro trago a la copa. Aquella chica bajaba significativamente la media de edad de los clientes. Y, a la vez, había conseguido aumentar mis ganas de permanecer allí.

—Oye, ¿te tomas un chupito? —pregunté antes de perderla entre la multitud—. Yo invito, que es mi cumple.

—¡Venga! — Se acercó hasta mí mientras pedía dos tequilas al camarero. —. Bueno, y ¿cuántos caen? —Me quedé callado unos segundos. Sabía que no iba a ningún lado con aquella cría. Me daría mil vueltas; no tenía ninguna duda. Sería difícil encontrar puntos en común, pero a la vez, mi instinto me decía que disfrutaríamos sin tapujos de una intimidad salvaje. Sé que sería capaz de empalmarme con sus publicaciones y de hundirme en la miseria más absoluta con un doble tick azul sin respuesta. Y, a la hora de comunicarnos, me mandaría largas notas de audio y jeroglíficos que no sería capaz de descifrar. Quizá ese juego ya no fuera para mí, pero era mi cumpleaños y se trataba de contar.

—Uno más —contesté, antes de brindar.

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