Relatos

Alas

El final del verano le deprimía. Juan odiaba despedirse de su estación favorita del año. No le gustaba ver cómo el pueblo donde vivía se iba marchitando. Nunca había disfrutado de la vida rural. Pero en verano todo era diferente. Los visitantes animaban la localidad, oxigenaban las calles y llenaban la plaza de frescura. A Juan le encantaba relacionarse con ellos. A menudo, soñaba con ser uno más. Le gustaba la idea de tener, durante nueve meses, una nueva vida lejos de allí.

Una tarde, mientras se mecía en el balancín del porche de su casa, y admiraba en silencio la silueta de la ciudad que se dibujaba en el horizonte, llegó hasta sus pies un pequeño petirrojo. El animal, incapaz de alzar el vuelo, parecía moribundo. Juan lo recogió del suelo y, tras examinarlo, decidió llevarlo al interior de la vivienda para proporcionarle los cuidados necesarios. Bautizó al ave con el nombre de Robin. Estuvo a su lado día y noche a la espera de ver algún signo de recuperación. El animal no desistió en sus intentos por alzar el vuelo. Si fallaba, Juan le animaba a probar de nuevo.

Cuando Robin se recuperó por completo, Juan retomó sus tareas en el campo. Aquel día el calor era intenso y apenas corría el aire. Mientras daba vueltas a la cabeza sobre cuál sería el mejor lugar para liberar a Robin, trabajaba, sin demasiado interés, en el terreno de su familia. En ese momento, era incapaz de imaginar lo que estaba a punto de ocurrir. Todo fue por culpa de un despiste. El mal uso de una de las máquinas desencadenó el fatal desenlace. Aunque logró sobrevivir, perdió para siempre la movilidad de sus dos piernas.

Tras el accidente, el carácter de Juan cambió. Se convirtió en un joven áspero. Olvidó por completo todas sus aspiraciones. Era incapaz de plantearse una vida acorde a sus nuevas circunstancias. Ya no tenía fuerzas para soñar. Casi no se relacionaba con su entorno y, a menudo, estaba de mal humor. Solo consentía compartir su tiempo con el pequeño petirrojo que salvó semanas atrás. El animal había sido confinado en una vieja jaula adquirida por la madre de Juan, Fina, en un mercadillo local. Allí cumpliría su condena: acompañar al joven el resto de sus días.

Poco a poco, se fueron acostumbrando a su nueva vida. Si el tiempo era agradable, dejaban pasar las horas en el porche de la vivienda. Era el lugar donde se habían conocido, pero la imagen que proyectaban era muy distinta. Juan permanecía sentado en la silla de ruedas y el petirrojo le hacía compañía desde la jaula que, día tras día, colocaba Fina sobre una mesa baja de la estancia. Pensativos, fijaban la vista en el horizonte. El silencio era absoluto.

El verano siguiente, un petirrojo salvaje empezó a visitar a Robin. Juan, más irascible durante aquella estación que de costumbre, espantaba al intruso a gritos cada vez que se acercaba al porche. Aún así, el curioso animal volvía cada día para relacionarse con su compañero que, con un alegre gorjeo, le animaba a acercarse.

Al llegar el otoño, el pájaro desapareció. Y, desde entonces, Robin no volvió a cantar. De vez en cuando, Juan se acercaba a la jaula e introducía uno de sus dedos para reclamar su atención. Quería oírle de nuevo. Pero, por más que lo intentaba, Robin no emitía ni una sola nota. La actitud del animal era lapidaria.

Una tarde, Juan movilizó su silla hasta situarse a pocos centímetros de la jaula. Observó detenidamente al animal. Abrió la puerta y lo cogió cariñosamente entre sus manos. Después, lo lanzó al aire con la intención de darle impulso. Unos segundos más tarde, Robin cantaba rumbo a las cálidas luces del horizonte.

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