Relatos

Una y otra vez

Un mes de agosto cualquiera cambió sus vidas para siempre. Lo tenían todo. Pero decidieron lanzarse al vacío y apostar únicamente por ellos. «Lucharemos contra el mundo», prometieron. Y un corazón de tiza, pintado sobre una vieja baldosa de cerámica, quedaría para siempre como testigo de aquella promesa. Pero el mundo les hizo frente y acabaron asumiendo su derrota.

Después de idas y venidas,  éxitos y fracasos, noches cargadas de dramatismo y días de reconciliaciones con resaca, allí estaban de nuevo. Eran incapaces de recordar cuantas veces habían llegado a ese punto o, mejor dicho, a aquel lugar; el refugio que, protegido por altos muros de hormigón, les aislaba del resto de la ciudad. De todas aquellas personas con los pies anclados en el suelo que, por miedo al fracaso, jamás se atrevieron a soñar.

Como siempre, incapaces de discutir mirándose a los ojos, hicieron un repaso de todos sus inviernos y su ridículo comportamiento. No tenía sentido. Acabaron riéndose de los absurdos planes con los que cada uno había intentado olvidar al otro. ¿Era necesario aquello? Antes o después, siempre volvían al mismo punto. Estaban demasiado cómodos cuando su única preocupación era disfrutar de unos minutos juntos.

— Al final, nunca somos lo que queremos. Todo por los demás.

— Supongo que es el precio que pagamos por querer vivir en su mundo —respondió él, cabizbajo.

— Creo que nos merecíamos algo mejor.

— Tienes razón. Pero para eso, tendríamos que haber dejado atrás los dimes y diretes, los teléfonos escacharrados y a las terceras personas. Ser solamente tú y yo…

— Como siempre debimos ser —interrumpió ella.

En ese momento, un cruce de miradas bastó para saber que querían luchar, juntos, por compartir su futuro. Aunque era una fantasía, querían volver a casa con una sonrisa.

«Abrázame», susurró ella. Él, obediente, la envolvió entre sus brazos.  Después, la dejó marchar una vez más.

Deja una respuesta

Your email address will not be published. Required fields are marked *